El Arzobispo de Caracas, se queja ante el León de Payara, por la situación que se vive en el sitio. Se había detenido la producción de maíz con lo que se hacían las arepas, los campos tuyeros estaban abandonados y había escasez de alimentos. A lo que Páez contesta:
“Mira que yo a virtud de lo que me dijiste, estoy pastoreando a Cisneros; mucho desconfío de la empresa, porque no tenemos quien puede inspirarle a él confianza; pero por último se hacen las tentativas, y si se logra el golpe son inmensos los bienes que resultan, porque ya hasta la falta de maíz aprieta”
Páez, en septiembre del año 30, decide enviar al General Felipe Macero para que acabe con Cisneros, pero este era muy escurridizo. A pesar de no dar con él, logra capturar al hijo de Cisneros.
Ya, con una gran cantidad de recursos, el Taita decidió usar una estrategia diferente a la fuerza para enfrentar al aguerrido Dionisio, a través de su hijo. Lo vistió y le dio zapatos, lo que significaba un ascenso social; lo colocó en un colegio y le brindó su protección. Le escribió a Cisneros para indicarle el vínculo que habían contraído, y aunque no fuese acorde con su carácter, la respuesta de Dionisio fue favorable. Cuando se bautiza al niño, Páez se convierte en el padrino del muchacho, generando un lazo de compadrazgo con Dionisio. La estrategia apuntaba a que este, siendo católico, no obviaría el lazo de compadrazgo creado con el General.
“…no estoy cansado ni me cansaré nunca de servir a Dios, soy oficial del rey, se lo que es honor, y no faltaré jamás a mi palabra.”
Fue la respuesta de aquel difícil realista, en su resistencia contra los patriotas.
El Presidente Páez con frecuencia viajaba a la hacienda Súcuta, propiedad del Marqués del Toro, cerca de Ocumare. Allí se organizaban grandes “saraos” donde se tocaba, se cantaba y se bailaba el “carrizo” antecedente del joropo tuyero, se preparaban sancochos, carne asada, hayacas y todo ello acompañado con aguardiente de caña. En una ocasión, en 1831, instalado allí Páez planifica un encuentro con Cisneros…
—General, no suba usted allá; porque encontrará a 200 bandidos armados de pies a cabeza que lo esperan para asesinarle, pues el jefe me ha dicho con una sonrisa horrible que será usted recibido como se merece.
—Pues bien, espérame aquí, y ustedes tres (dijo volviéndose a sus dos edecanes) si no vuelvo antes de puesto el sol digan a Venezuela, que he muerto en su servicio.
El Centauro de los llanos asume el reto, sabe que estos sujetos, por más que sirvan a Cisneros, admiran a los hombres valientes. Sube la cuesta y del monte salen más de 200 hombres armados, dispuestos a poner fin a su vida. Al fondo está Cisneros, alto, fornido, con rasgos mestizos, portando en su mano una carabina de dos cañones y en el cinto dos pistolas.
—Páez, le dijo Cisneros: ¿cómo te atreves a subir hasta aquí? Qué vienes a hacer en medio de tus más encarnizados enemigos?
—Vengo solamente a entenderme contigo para poner término a la guerra de exterminio que ha asolado hasta ahora a nuestra patria.
—¡No hay guerra inútil cuando se lucha por Dios y Su Majestad, a quienes soy fiel hasta el final! —¡Tú ves!, con mis hombres puedo luchar contra tus ejércitos, no les temo. —Te he obligado a venir hasta acá y ahora te puedo fusilar en menos de lo que canta un gallo, quiero que veas la habilidad de mis hombres con las armas.
El Taita sabe que debe seguir firme a su estrategia, de lo contrario, no podrá dominar al caudillo realista. Pensaba que su muerte estaba decretada, mas no vaciló en responder al reto sangriento. Los hombres de Cisneros cargan las baquetas y se escucha el grito de Cisneros:
—¡Fuego!
Las balas pasan rosando al gran General Patriota, pero este no se intimida, Cisneros, sorprendido por la valentía de aquel hombre no puede más que admirarlo. Antes de disparar dio seña a sus hombres de que dispararan sobre su cabeza y aún así el Taita no pestañeó.
—¡Me has vencido!, le dice entonces Cisneros, —¡de aquí en adelante cuenta conmigo vivo o muerto!, exclamó el realista al ver a Páez firme y sin inmutarse. El Taita regresa, así, victorioso y Cisneros es honrado con el grado de Coronel.
Posteriormente a Cisneros se le concedieron tierras y propiedades en el Valle del Tuy llegando incluso con el tiempo a ejercer cargos de poder en la región. Sin embargo, muchas veces se salía de las normas y de la legalidad y volvía a sus andanzas, afirmaba que su pacto era con el General Páez, no con las leyes de una República en la cual no creía. Cansadas las autoridades competentes de la conducta de Dionisio Cisneros, se le detuvo y se le sometió a consejo de guerra en Villa de Cura y fue fusilado en enero de 1847 acusado de insubordinación y traición a la patria.
Cierto es que, no todo fue fábula o leyenda, y que aún en las narraciones hechas por los ancianos, referentes a la conducta de Cisneros, al ser escuchadas, se puede percibir en las expresiones de los nuevos burgueses y terratenientes de Venezuela el terror y la casi certeza de que en algún momento de la narración puede emerger de la selva de Guatopo ese indio alto, de cara enérgica y ojos penetrantes, con su ejercito de indios, mulatos y zambos a enfrentarlos nuevamente en una lucha de clases entre el rico hacendado y el campesino desposeído.






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