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14 de septiembre de 2025

El pacto de Bagdad


En Bagdad el calor pesaba como una losa de plomo sobre los muros de arcilla del Club Al-Mansour. Afuera, el río Tigris serpenteaba con su ritmo ancestral. En la penumbra fresca del salón blindado por persianas de madera, la historia transcurría gota a gota, densa y oscura como el crudo que dormía bajo las arenas del desierto. El venezolano Juan Pablo Pérez Alfonzo, un hombre adelantado a su tiempo, ajustó el nudo de su corbata aquel 14 de septiembre de 1960. A su lado, el jeque Abdullah Tariki, de Arabia Saudita, inclinaba la cabeza en un gesto grave, mientras el delegado iraquí, el Dr. Tala'at al-Shaibani, deslizaba sobre la mesa de caoba un mapa geológico marcado con cruces rojas, junto a Fuad Rouhani, de Irán, y Ahmed Sayed Omar, representante de Kuwait. Cinco hombres, cinco acentos distintos y un mismo compromiso: la necesidad de arrancarle el lápiz de las manos al pulso extranjero que trazaba los precios del petróleo en las bolsas lejanas de Londres y Nueva York.

Los barriles rodaban en silencio por los muelles de Maracaibo y las refinerías de Kirkuk, pero el dividendo se desvanecía entre los despachos de Estados Unidos, el Reino Unido y los Países Bajos. De pronto, el silencio de la sala se rompió al compás del zig-zag de una pluma que firmaba el acta constitutiva. Afuera, el sol tropical comenzó a desmoronarse en el horizonte, tiñendo el cielo de un naranja cobrizo. Nació entonces la OPEP, no con un estruendo de cañones, sino con la firmeza callada de quien comprende, por fin, el valor exacto de los recursos de su propia tierra.

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