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5 de julio de 2025

La Firma que nos Hizo Libres


Aquel 5 de julio de 1811, Caracas ardía bajo un sol implacable que cuarteaba el barro de los techos. Ese día se sentía un calor distinto, que crepitaba en las esquinas y encendía los ojos de los mantuanos y del común de la gente. Un muchacho, con la camisa desabrochada y el pecho palpitante, se detuvo en la boca de la calle que bajaba hacia la Plaza Mayor. Desde allí, el viento le trajo retazos de la tormenta que se agitaba en la Casa del Congreso: se oían voces encendidas, puños que golpeaban mesas de caoba y un rumor cómo de abejas dentro del panal de la patria.

Adentro, en la penumbra solemne del recinto, dónde la historia aguantaba la respiración, los diputados de las siete provincias —Cumaná, Barinas, Margarita, Barcelona, Mérida, Trujillo y Caracas— se miraban como en un duelo a muerte. Juan Germán Roscio, con la pluma lista para una estocada, aguardaba. A su lado, Francisco Isnardi repasaba mentalmente cada cláusula de un documento que aún olía a tinta fresca y a ambición. Pero en las bancas, las opiniones chocaban: unos hablaban de prudencia, de esperar, de no irritar al león dormido de España; otros, los más jóvenes de la Sociedad Patriótica, ardían de impaciencia. Afuera, en la calle, se sentía el eco de sus arengas, ese rumor sordo de un pueblo que ya no pedía, sino que exigía.

El padre Maya, diputado por La Grita, apretaba los labios con una oración silenciosa en medio del bullicio; su conciencia pesaba más que la sotana. Los demás, en cambio, se fueron encendiendo como antorchas. La palabra "libertad" iba de boca en boca: se pegaba a las paredes, se colaba por las rendijas y salía a la calle, donde la multitud la atrapó y la hizo suya. El muchacho rebelde, desde su puesto, la oyó crecer y la sintió vibrar en su corazón, en el empedrado, bajo sus alpargatas.

Cuando al fin la declaración fue aprobada, el presidente del Congreso, con una voz que parecía brotar de las entrañas mismas de la historia, invocó el nombre de Dios Todopoderoso para sellar el acto. Un silencio súbito y enorme cayó sobre la ciudad. Fue solo un instante; un instante en que todos contuvieron el aliento. Luego, como un trueno que rompe las nubes después de mucha espera, el grito estalló. No fue uno, fueron miles. Hombres, mujeres, niños, negros, indios y pardos, todos con la misma voz desgarrada: —¡Viva la patria!

Las campanas de todas las iglesias echaron al vuelo sus repiques. Los cañones del cuartel saludaron con su ronca voz. Y el pueblo —ese pueblo que había esperado en las puertas del Congreso, que había mascullado su rabia durante trescientos años— se desbordó por las calles como un río crecido. Hubo abrazos, lágrimas y sombreros lanzados al aire. La gente se asomaba a los balcones con banderas improvisadas: sábanas blancas atadas con cintas amarillas y rojas. Las mulatas, desde las ventanas, arrojaban flores y versos espontáneos de coplas que nacían en ese momento.

Esa noche, Caracas no durmió. No hubo rincón donde no se brindara con ron de caña o con mistela. Se bailó tambor en La Candelaria y minué en las salas de los mantuanos. Pero en una casita de adobe al pie del Ávila, una abuela sentó a su lado a aquel muchacho, el mismo que había corrido todo el día tras las noticias. La mujer, que aún recordaba el rigor de los amos y el filo del látigo, lo miró a los ojos con una mezcla de asombro y antigua cautela.

—¿Y ahora, mi niño? —preguntó con voz pausada—. ¿Ya somos libres?

El muchacho, con el pecho inflado por lo que había visto y oído, quiso responder que sí, que lo habían dicho los señores del Congreso, que lo decían las campanas. Pero la palabra se le atoró en la garganta. Bajó la mirada, sin respuesta. La abuela suspiró, lo apretó contra su pecho y, por lo bajo, mientras las campanas seguían doblando, musitó una oración aprendida de sus mayores, mucho antes de que nadie hablara de repúblicas e independencias. Afuera, la noche de julio era una promesa inmensa y, al mismo tiempo, un camino sembrado de espinas. La patria acababa de nacer, pero, como todo recién nacido, lloraba en la oscuridad sin saber aún si lograría mantenerse en pie.

24 de junio de 2025

La Sabana de Carabobo: Un Amanecer de Gloria


En el vientre silencioso de la sabana de Carabobo, el 24 de junio de 1821, la noche exhalaba sus últimos suspiros. Aquel, no era un amanecer cualquiera; era el augurio de un destino forjado en sangre y libertad. La brisa antes cómplice de la oscuridad, ahora susurraba el nombre de Venezuela. 

El Mariscal de Campo Miguel de La Torre, con la soberbia de quien se cree invencible, atrincherado en su bastión de hierro y convicción firme, sentía el pulso de sus batallones realistas latir con una confianza ciega, esperando el embate.

Pero El Libertador, Simón Bolívar, alma y nervio de la gesta, no era hombre de estrategias predecibles. Sus ojos, de águila en el alba, desnudaron la falsa fortaleza enemiga. Su genio, un torrente indomable, desbordaba los límites de lo esperado. —¡Por la izquierda!— Un grito de trueno que no solo se escuchó, sino que se sintió en el alma de los patriotas, quienes cambiaron su curso con ferocidad inaudita. Páez, un centauro, desató la furia llanera encarnada en él; junto con Cedeño, un roble milenario, inamovible y letal; ambos se lanzaron como flechas ardientes al flanco descubierto del adversario. Mientras, Plaza, con la resolución de una avalancha, avanzaba inexorable hacia el corazón de la contienda.

La Torre, observando con horror cómo su inexpugnable muro se resquebrajaba, lanzó a sus valientes —el Príncipe, el Barbastro, el Infante— en un último y desesperado intento. Por un instante, la línea se sostuvo, un aliento efímero antes del colapso. La caballería patriota, cual marea indetenible, irrumpía desde el norte de la sabana, arrastrando consigo la esperanza. El regimiento Húsares de Fernando VII, con sus carabinas escupiendo fuego, solo pudo ofrecer una retirada deshonrosa. Finalmente, los Lanceros del Rey, con el miedo tatuado en el pecho, desobedecieron la orden de resistir, abandonando a su comandante a su fatídico destino, huyendo del campo y disolviéndose en el polvo de la derrota.

Entre la vanguardia gloriosa de la caballería patriota, una figura se erigía, sangrando, inmortal: Pedro Camejo, el "Negro Primero". Herido de muerte, con la vida desangrándose, cabalgó de regreso hacia el General José Antonio Páez y, con voz que era ya un eco del viento, pronunció su epitafio eterno: "Mi general, vengo a decirle adiós porque estoy muerto." Su sacrificio, y el de tantos otros héroes anónimos y gloriosos, fue el cimiento de la libertad, la sangre que regó ese día la sabana.

La batalla de Carabobo culminó, no con un simple grito, sino con un bramido de victoria que resonó en cada rincón del alma venezolana. Los patriotas, encendidos por la llama de la libertad, persiguieron al ejército español hasta el cuartel realista, sin tregua ni descanso. Carabobo, antes testigo de batallas y sacrificios, ahora exhibía el latir de una nación libre. El ejército realista, maltrecho, descompuesto, buscó refugio en Puerto Cabello, dejando atrás no solo la resistencia, sino el último vestigio de un imperio que ya se veía desvanecer ante el amanecer imparable de la independencia.

15 de junio de 2025

La Voz de Bolívar


Aquel 15 de junio de 1813, durante la Campaña Admirable, el sol se mecía indeciso sobre el cielo trujillano. Un aire denso, con olor a pólvora vieja y desazón, cubría la pequeña villa andina. Los campesinos, curtidos como cuero de ganado, con sus alpargatas de cáñamo gastado, dejaron la faena en los conucos para apilonarse en la plaza, corazón de piedra silencioso del poblado. Las mujeres, con sus faldas floreadas y pañoletas oscuras, se santiguaban con murmullos de rezos antiguos. Había en cada rostro surcos de labranza y desvelo, como la historia de la patria misma: tierra sufrida esperando la semilla de la libertad.

El general Simón Bolívar subió al entablado de la plaza. Su figura, pequeña pero segura, parecía hacerse gigante a medida que era tocada por el sol ceniciento. El silencio era tan espeso que se podía oír la respiración de la multitud, llena de miedo y de esperanza.

Entonces, rompiendo el aire con un estampido seco, la voz de Bolívar se alzó, afilada como una espada en el campo de batalla. Aquello no era un sermón, sino el grito de un volcán que por fin hacía erupción:
—"¡Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de Venezuela! ¡Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables!"
Por un instante que pareció eterno, Trujillo contuvo el aliento, asimilando la terrible elección: vida o muerte, sin términos medios, sin lugar para la tibieza.

El decreto fue rayo y trueno en la quietud colonial. Fue la derogación de la indiferencia. El rostro de la gente se tensó, pero sus ojos brillaron: aquello no era solo el anuncio de la guerra, era un bautismo de sangre, la personificación de una nación naciendo, costara lo que costara. El pueblo supo, como todos allí, que el guarapo dulce se había tornado amargo, y que solo el fuego de la lucha limpiaría la ceniza de la opresión. Trujillo dejó de ser un pueblo para ser un símbolo: el lugar donde la vida y la muerte firmaron un terrible acuerdo por la Independencia de nuestra Patria.

13 de junio de 2025

Un Canto al Amanecer de Cipriano.



En El Manguito, parroquia La Democracia donde el sol se asoma tímido entre las montañas y el rocío de la mañana besa la tierra como un amante fiel, nació Cipriano Alberto Moreno en el año 1935. El Distrito Tomás Lander, con sus pueblos y caseríos de calles de tierra y casas de bahareque, fue testigo de sus primeros pasos, de sus risas infantiles y de los acordes iniciales del cuatro. Cipriano, como el río que atraviesa el valle, llevajba en su alma la melodía del joropo y la décima, ritmos que fluyen entre las venas de los tuyeros como la savia en los árboles.

Cipriano no solo fue un docente que sembró semillas de conocimiento en las mentes ávidas de los niños de Río de Piedras, sino que también fue un cultor popular, creando trabajos y arreglos que hacía para los amaneceres y velorios de cruz como un canto a la vida, a la tierra y al amor. Su famosa composición, "Canto al Amanecer Tuyero", es un poema tejido con hilos de nostalgia y esperanza, donde las metáforas danzan al compás del cuatro, arpa y maracas. Cada verso es un suspiro y cada estrofa, un abrazo a la tierra que lo vio nacer.

Pero no solo la música y la literatura definieron el andar de Cipriano. En Río de Piedras, ese pueblo donde el tiempo parece detenerse y las piedras del río murmuran historias antiguas, conoció a una mujer cuyo nombre era como una melodía en sus labios: Cristina. Ella, de mirada dulce y serena y un corazón firme, era como una ceiba sólida ante los vientos, con ideas tan profundas como las raíces de los árboles que custodiaban el pueblo. Su amor no fue efímero como la brisa que acaricia los campos al atardecer, sino eterno y puro, como el agua que brota de los manantiales.

Cristina moldeó el carácter de Cipriano con la delicadeza de un alfarero que trabaja el barro. Le enseñó que el amor no es solo un sentimiento, sino un compromiso, una promesa que se renueva cada día con miradas y silencios. Bajo su influencia, Cipriano se convirtió en un hombre de palabra firme y corazón noble, cuya poesía no solo celebraba la belleza del amanecer, sino también la fortaleza de un amor que resistía el paso del tiempo

Las tardes en Río de Piedras eran un lienzo pintado con los colores de los atardeceres. Cipriano y Cristina paseaban por la orilla del río, donde las piedras pulidas por el agua brillaban como diamantes bajo la luz del sol. Él le declamaba hermosos poemas al oído, y ella sonreía, mientras el viento llevaba sus versos hacia los cerros, como si quisiera compartir su felicidad con todo el caserío. El río, testigo mudo de sus encuentros, murmuraba su aprobación con un suave rumor que se mezclaba con el trinar de gonzalitos y arrendajos.

El tiempo pasó, pero el amor de Cipriano y Cristina no envejeció. Como las montañas que custodian el valle, su cariño permaneció firme e inquebrantable. Y aunque Cipriano dejó este mundo, su canto sigue vivo en el amanecer tuyero, en el susurro cantarino del río y en el corazón de aquellos que aún recuerdan al hombre que ofrendó a la vida, un hermoso amanecer.

Así, en el Valle del Tuy, donde el sol sigue asomándose tímido entre las montañas, y con el canto del gallo llegan los claros del día, el legado de Cipriano Alberto Moreno perdura como un canto eterno al amor, a la tierra y al amanecer tuyero.

El Centauro de los Llanos


El 13 de junio de 1790, bajo el intenso sol que calcina las sabanas de Curpa, allá en lo profundo del estado Portuguesa, nació el catire Páez, quien cabalgaría sobre el lomo de la historia venezolana. José Antonio Páez, el «León de Payara», no fue solo un hombre; fue el eco de un galope infinito que retumbó desde los esteros de Apure hasta las cortes de la vieja Europa.

Su temple no se forjó en cunas de seda, sino bajo el rigor inclemente de Manuelote, el implacable mayordomo del hato La Calzada. Allí, entre el olor a bosta y el rugir del ganado, el joven Páez aprendió que la vida se domina a pulso. Se curtió la piel y el alma, convirtiéndose en el «Taita» de una horda de centauros que veían en él no a un jefe, sino a un padre de hierro y coraje.

El río Apure, testigo mudo de mil batallas, aún parece arrastrar el eco de aquel grito legendario: «¡Vuelvan caras!». Eran apenas ciento cincuenta lanceros, hombres «pata en el suelo», con la piel quemada por el salitre del sudor y el polvo del camino. Frente a ellos, el mariscal Pablo Morillo desplegaba la soberbia de seis mil bayonetas realistas, uniformes de gala y tácticas de academia militar.

Pero la estrategia del León de Payara era de puro ingenio. En aquel campo ardiente donde el aire batía con furia, Páez fingió la retirada para luego, con un giro del destino, lanzarse como un rayo ante el asombro español. Solo dos bajas lloró el llano aquella tarde, mientras Morillo, humillado por la astucia del catire, escribía más tarde al rey Fernando VII:

> «Dadme un José Antonio Páez, majestad, y mil lanceros del Apure, y pondré a Europa a vuestros pies».

Había en el general una sombra misteriosa: la epilepsia. En ocasiones, el «Libertador del Apure» solía caer presa de ataques que atemorizaban a su tropa. Sin embargo, como si se tratara de un rito sagrado, Páez emergía de aquellas convulsiones con una fuerza sobrehumana, como si los dioses del llano le insuflaran un vigor invencible.

Aquella furia solo conoció la tristeza el 24 de junio en la sabana de Carabobo, cuando vio caer al más fiel de sus guerreros, Pedro Camejo. El «Negro Primero» se despedía de la vida mientras el Taita consolidaba la libertad de una República que gobernaría, con mano firme y constitucional, en tres ocasiones.

La vida de Páez fue un puente tendido entre la barbarie y el refinamiento. Aquel joven que en Guama apenas dibujaba garabatos bajo la mirada de su maestra, se transformó, por voluntad y constancia, en un hombre de luces. En Valencia, bajo el ala amorosa de Barbarita Nieves, una mujer culta que introdujo la sofisticación en la vida del caudillo, Páez suavizó sus modales de guerrero, y decidió cambiar la lanza por el violonchelo y los libros.

El catire Páez no solo rugía en el campo de batalla; también cantaba ópera y organizaba fandangos donde el joropo se zapateaba con la misma pasión con la que se cargaba contra el enemigo. Incluso en el amargo destierro de Buenos Aires su pluma no descansó: compuso canciones para los niños, dejando partituras de ternura donde antes había rastros de sangre.

Así fue Páez: el hombre que nació entre leyendas de sabana, se hizo gigante entre las lanzas y terminó sus días como un caballero de mundo, demostrando que el verdadero valor no reside solo en vencer al enemigo, sino en la capacidad de cultivar el espíritu tras haber conquistado la libertad.

20 de mayo de 2025

Mauricio, el Encanto.




En los Valles del Tuy, donde los ríos cuentan sus secretos al viento, existe una leyenda que ha tejido un hilo dorado en la memoria de los tuyeros. Es una historia que huele a tierra mojada, a café recién colado y a flores de clavellina. Es la leyenda de Mauricio, el Guardián de la Cueva del Peñón, una historia que se balancea entre la realidad y el misterio, como los cuentos narrados por el abuelo en las serenas noches de mi pueblo.

Hace más de siglo y medio, cuando el tiempo aún caminaba despacio y las noches eran un oscuro terciopelo, nació Mauricio. Su llegada al mundo no fue como la de cualquier niño. Aquella noche, llovió con tanta fuerza que los ríos crecieron, las quebradas rugieron como bestias y los árboles se inclinaron en reverencia. Los animales, en un coro silencioso, rodearon la humilde vivienda donde yacía su madre, una mujer de sangre quiriquire, mientras el viento susurraba melodías ancestrales. Era como si la naturaleza entera hubiera decidido dar la bienvenida a aquel niño, hijo de un realista perdido y confundido en sus ideales y de una mujer que llevaba en sus venas la savia de la tierra.

Mauricio creció entre el murmullo de los montes y el arrullo de las aguas. Era un niño distinto, con ojos que parecían espejos. Mientras otros jugaban, él se perdía en los parajes vegetales de la montaña, donde los jaguares lo miraban sin atreverse a tocarlo y las mapanares y cascabeles se deslizaban a su lado como si fueran sus guardianes. Su madre, con el corazón apretado de preocupación, le rogaba que no se alejara tanto. Pero Mauricio solo sonreía y le contaba cómo la señora del Pozo del Guásimo lo guiaba por galerías secretas que conectaban las montañas. —“Soy el puente entre el hombre y la naturaleza”, le decía, pero sus palabras eran como semillas que caían en tierra árida, pues nadie las comprendía.

Un día, el destino lo llevó al pueblo de Ocumare. Bajó con un encargo de la señora del Pozo del Guásimo, pero su presencia despertó sospechas. Los policías, con miradas recelosas y manos ásperas, lo detuvieron. “¿Quién eres?”, le preguntaron, pero Mauricio no llevaba identificación. Lo amarraron como a un criminal y lo llevaron ante el jefe de la policía, un hombre de bigote grueso y risa burlona. “Podría ser un guerrillero”, murmuraron entre dientes. Mauricio, con la serenidad de quien conoce los secretos del viento, les advirtió: “Si no me sueltan, habrá un diluvio”.

El jefe de policía soltó una carcajada que resonó como un trueno falso. "¡Un diluvio en pleno verano y en Ocumare!”, dijo entre risas. Pero esa misma noche, mientras el pueblo dormía bajo un cielo estrellado, las nubes se agolparon de repente, como un ejército silencioso. A la medianoche, comenzó a llover. No era una lluvia cualquiera, sino un torrente que parecía salido de las entrañas mismas de la tierra. Los ríos Súcuta y Marare se desbordaron, y el mismo Tuy se desbordó también. Las calles se convirtieron en corrientes de agua y lodo, y la jefatura de policía se anegó completamente. La gente, asustada, corrió a refugiarse en las colinas. Solo entonces comprendieron que aquel joven no era un hombre común.

El cura del pueblo, con su sotana empapada, fue a pedir la liberación de Mauricio. Al llegar, encontraron al jefe de policía, pálido y tembloroso, quien ya lo había soltado. En cuanto Mauricio pisó la calle, la lluvia cesó. El cielo azul se abrió como un telón, y un sol radiante iluminó Ocumare. Mauricio no dijo una palabra. Simplemente se internó de nuevo en los montes, donde las sombras lo recibieron como a un viejo amigo.

Desde entonces, se convirtió en el Guardián de la Cueva del Peñón, un protector de la naturaleza que castiga a quienes la dañan. Los tuyeros cuentan que aún lo ven, con su sombrero de alas anchas, su liquiliqui impecable y sus alpargatas gastadas. Se pasea por el terminal de Ocumare, comprando tabaco y aguardiente, pero nadie se atreve a aceptar nada de él. Dicen que, si lo haces, podrías ser el próximo en tomar su lugar, convirtiéndote en el nuevo guardián de aquella montaña majestuosa que vigila los Valles del Tuy.
La leyenda de Mauricio sigue viva, como un susurro que viaja de generación en generación, recordándoles a los tuyeros que la naturaleza tiene un alma, y que hay quienes la protegen desde las sombras, donde el tiempo no llega y la magia nunca muere.

¡Me Quitaron mi pea!



El sol ya declinaba sobre  el pueblo, tiñendo el cielo de tonos  naranjas y violetas, cuando la puerta de la Sala de Emergencias se abrió repentinamente. Un grupo de jóvenes estudiantes de pregrado escoltaba a José, cuyo cuerpo se tambaleaba entre ellos como un junco azotado por el viento. El hedor dulzón y agrio del alcohol, flotaba en el aire, mareando incluso a los jóvenes, casi médicos, que lo recibieron con un profesionalismo obligado.

Cuando llegué, imbuido de la autoridad que otorga el conocimiento adquirido de años de servicio,  mi verbo se desató en términos clínicos, explicando con vehemencia protagónica los intrincados caminos del etanol en el organismo, la danza siniestra de los radicales libres, la cascada de desequilibrios que asolaban el cuerpo de José.

—Ya verán —sentencié a los bachilleres, con la certeza de quien cree dominar las leyes de la biología— cómo doblegaremos la embriaguez, cómo expulsaremos al intruso tóxico.

Mi voz resonaba en la sala, cortante y segura, mientras dictaba a la enfermera las indicaciones precisas, los antídotos químicos para borrar, al menos momentáneamente, el sufrimiento visible.

Horas después, la quietud reinaba en la sala. Antes de convocar a los internos para la revista médica y continuar con mi labor pedagógica, me acerqué a la camilla donde José permanecía. Estaba sentado, la espalda encorvada, la mirada fija en las baldosas grises, parecía ausente.

—¿Cómo te sientes, José? —pregunté, con un tono que buscaba ser amable, quizás con un apice de la curiosidad clínica que me caracterizaba.

Su cabeza se levantó lentamente, los ojos enrojecidos e inyectados en una tristeza profunda me escrutaron con una mezcla de incredulidad y amargura.

—¿Y cómo me voy a sentir, Doctor?… ¡Me quitaron mi pea! —exclamó, con una voz ronca, cargada de un reproche sordo.

Un silencio denso se instaló entre nosotros, solo interrumpido por el leve goteo de un suero en la sala contigua. Luego, José continuó, con su mirada perdida de nuevo en el suelo:

—Mire, Doctor, yo trabajo duro, de lunes a viernes, apretando tuercas en el taller. Mis manos… —levantó sus manos callosas, mostrando las cicatrices  de su esfuerzo diario, — mis manos no conocen el descanso. Mi mamá está enferma, postrada en cama, y yo soy el único que la mantiene, el único clavo al que se agarra.

 Su voz se quebró ligeramente antes de retomar el hilo de su dolorosa letanía.

—Mi mujer se fue… se fue porque a mi muchachito, lo mató un malandro. Ella… ella me echó la culpa, como si yo hubiera podido evitar esa desgracia. La rabia me consumía, Doctor, y le caí a «coñazos» a otro malandro, un animal igual al que me arrebató a mi hijo. Por eso me llevaron preso. Cuando salí… cuando salí, ya me habían robado todo en el rancho. Se habían llevado hasta los recuerdos.

El silencio volvió a caer, esta vez más pesado, cargado de la injusticia cruda de su relato. Yo, que había llegado con mis esquemas y mis protocolos, sentía cómo la frialdad de la ciencia se derretía ante la magnitud del sufrimiento humano. Pensé en lo fácil que era, en ocasiones, reducir un ser humano a un conjunto de síntomas, diagnosticar una enfermedad sin ver la trama compleja de su existencia. En realidad, el diagnóstico urgente no era el suyo, sino el de una sociedad enferma, de instituciones que fallaban, de una conciencia colectiva adormecida ante el dolor ajeno.

José suspiró profundamente y prosiguió... Su voz, era ahora un murmullo sombrío:

—A veces, cuando camino por la calle, veo una mujer bonita y me da una rabia… una rabia que me quema por dentro, porque sé que yo no puedo ofrecerle nada. Veo un policía con su uniforme y su pistola, y la rabia es peor, porque ellos no ven el sufrimiento de uno, solo ven al borracho. Veo un niño jugando y la rabia me aprieta el pecho, porque mi niño… mi niño ya no juega. Y si un perro se me cruza, Doctor… le juro que a veces no me aguanto y le suelto una patada.

Bajó aún más la voz, casi un susurro, y su mirada se detuvo en sus propias manos, como si ellas fueran las culpables de sus oscuros pensamientos.

—A veces… a veces me dan ganas de matar… ¡Sí, de matar!… —la confesión cruda flotó en el aire, cargada de desesperación.

¿Qué podía decirle yo, con mis tratados de fisiología y mis recetas médicas? Mis palabras parecían huecas, insuficientes ante la magnitud de su quebranto. La ciencia, tan precisa para descifrar los misterios del cuerpo, se mostraba impotente ante las heridas del alma.

En un impulso torpe, casi avergonzado, rebusqué en mi bolsillo y saqué un billete arrugado. Se lo ofrecí con la mirada baja, sintiendo la incongruencia de mi gesto.

—Coño, viejo… perdóname… —murmuré, la disculpa brotó sincera con una comprensión tardía. —Anda… vete… y trata de agarrar tu pea otra vez.

El billete quedó en su mano como una limosna insignificante ante el océano de su dolor. José me miró con una mezcla de sorpresa y resignación, quizás entendiendo que en ese momento, mi humanidad, aunque tardía y torpe, era lo único que podía ofrecerle. (Adaptado de "Crónicas Oscuras de un Hospital Venezolano" de los Dres. Pedro Lizardo y Arnaldo Sánchez).

Graciela, la Tamborera.


Al calor de los Valles del Tuy, donde el aroma a mango maduro subyugaba los sentidos, repiqueteaba un tambor; y Graciela, con su voz afinada, ensayaba una décima que le había compuesto su vecino Cipriano para el próximo velorio de Cruz de Mayo en Chaparral. Inquieta como picure, Graciela se echaba un guamazo, tapaba con una manta la cruz y comenzaba su declamación.

El nombre de Graciela se dibuja con líneas indelebles en la memoria colectiva de Ocumare del Tuy, como el perfil de las montañas que abrazan el valle.

Graciela no es una estatua en una plaza, sino la plaza misma, el bullicio constante de la vida cultural que palpita en cada rincón del pueblo. Su casa, de paredes coloridas y un patio donde siempre florecían las cayenas, rojas como lenguas de fuego, era un santuario de tradiciones. Allí, entre el aroma a dulce de lechosa y el repique constante de algún instrumento musical, junto a los amigos de la esquina, se enhebraban los hilos de la identidad tuyera.

Cuando llegaba el mes de mayo, con su promesa de lluvias y la explosión de colores en los campos, la casa de Graciela se convertía en el epicentro de los Velorios de Cruz. Las voces graves de los hombres entonaban décimas ancestrales, mientras las mujeres, con sus faldas floreadas y el brillo de la fe en los ojos, respondían con cantos melodiosos que parecían ascender como volutas de incienso hacia el cielo estrellado de las noches ocumareñas. Graciela, con su voz curtida por años de cantar a la vida y a la muerte, guiaba el ritual con la solemnidad de una sacerdotisa y la calidez de una madre. Sus manos, fuertes y sabias, marcaban el ritmo sobre la mesa adornada con flores junto a la cruz engalanada, como si tocaran las fibras mismas del alma tuyera. 

Pero la presencia de Graciela no se limitaba a la devoción silenciosa. Cuando la parranda tuyera irrumpía en las calles, con la alegría del cuatro, el repique juguetón de las maracas y el galopar rítmico de la bandola, allí estaba Graciela, "la tamborera", como la conocían con cariño y respeto. Su cuerpo, aunque ya maduro, se movía con la gracia de los bambúes al viento, cada 24 de junio en las celebraciones a San Juan Bautista, donde los cantos de mina tenían un rol protagónico, contagiando a jóvenes y viejos con la alegría desbordante de la música, sus manos, las mismas que adornaban la Cruz de Mayo, también podían golpear el tambor con fuerza y ritmo, extrayendo sonidos ancestrales que hablaban de cosechas abundantes, de amores furtivos y de la profunda conexión del hombre con su tierra. 

Las fiestas patronales eran su escenario favorito; allí la labor de Graciela florecía como la flor de caña dulce en tiempo de zafra. Ella era el alma de la fiesta, la que conseguía las flores para adornar la iglesia, la que coordinaba a los músicos, la que se aseguraba de que no faltara el sancocho humeante para alimentar a los peregrinos. Su liderazgo no se imponía con gritos, sino que emanaba de su profundo conocimiento de las costumbres y de su amor incondicional por su pueblo.

Más allá de las celebraciones, Graciela era una maestra en el sentido más amplio de la palabra. En su patio, bajo la sombra generosa de un tamarindo, reunía a las madres y jóvenes del vecindario y les enseñaba los secretos de la cultura local. Pero su mayor legado residía en la transmisión oral de aquellos relatos que daban forma a la identidad de Ocumare. Con una voz llena de matices, les contaba las leyendas de los indios quiriquires, la historia de Mauricio y las anécdotas de los viejos del pueblo, preservando así un tesoro intangible que no cabía en ningún libro.

Su nombre no resonaba en los libros escolares, ni su rostro aparecía en las revistas y periódicos de gran circulación. Sin embargo, en cada nota de una parranda, en cada verso de un velorio, en cada sabor de un zarao, en cada relato transmitido al oído de un joven, su presencia era palpable, como la brisa fresca que recorría el valle al atardecer.

Graciela, es considerada un símbolo de la resistencia cultural afrotuyera, representando a esas figuras silenciosas, a esos pilares anónimos que sostienen la rica armazón cultural de nuestros pueblos. Es la encarnación de la tradición cultural en su máxima expresión, la guardiana de un legado que se transmite de corazón a corazón, de generación en generación. Su vida, tejida con los hilos de la tradición y el amor por su tierra, representa un canto constante a la identidad de Ocumare del Tuy, demostrando que la verdadera historia de un pueblo se escribe no solo en los libros, sino también en la memoria viva de su gente, en el eco persistente de un tambor que sigue latiendo con fuerza en el corazón de los Valles del Tuy.

10 de mayo de 2025

Cazador de Destellos



El sol de Caracas, aquel diez de mayo de 1889, no era un sol cualquiera. Era un sol de oro fundido que parecía derramarse sobre el rostro del recién nacido Armando Reverón como un presagio. Las paredes de la vieja casa, testigos mudos, ignoraban que entre sus grietas habitaba ya el germen de un visionario, un cazador de destellos que aprendería a domar la luz como ningún otro.

La infancia la vivió en Valencia, lejos del arrullo materno, pero cerca del arte. Su tío abuelo, don Ricardo Montilla, le enseñó a mirar la vida con ojos de dibujante, a trazar líneas que eran caminos hacia otros mundos. Luego, la Academia de Bellas Artes lo recibió en Caracas, donde los pinceles se volvieron espadas en sus manos, luchando contra la oscuridad, y los lienzos eran su campo de batalla. Allí, entre óleos y carboncillos, Reverón se forjó como discípulo fiel de la disciplina académica, aunque su alma ya anhelaba la libertad de la luz.

España lo marcó con el fuego de Goya y la elegancia de los maestros; Francia le regaló nuevos matices, pero el Caribe lo llamaba desesperadamente con un canto de olas y palmeras. De vuelta en Venezuela, el mar lo atrapó definitivamente. En La Guaira, entre salitre y carnavales, encontró a Juanita, su musa de piel morena y risa fresca, su compañera de vida. Allí conoció también a un buen amigo, el pintor Ferdinandov, quien le susurró al oído: "La luz aquí es distinta, Armando; aquí la luz tiene alma".

Fue entonces cuando se recluyó en su Castillete, un refugio de madera y sueños frente al mar. Allí, entre muñecas de trapo y telas desteñidas, nació su época blanca: lienzos donde el sol se volvía niebla, donde la arena y el cielo se fundían en un suspiro de blancos y grises. Era como si Reverón hubiera descubierto el secreto de capturar el alma del trópico, no en colores, sino en la vibración misma de la luz, con un entendimiento íntimo.

Pero la locura, esa sombra que lo perseguía, al fin lo acorraló. Sus pinceles se volvieron febriles; sus trazos, gritos desesperados. Aun así, en medio del delirio, seguía pintando, como si el arte fuera el único hilo que lo ataba a la cordura. La gloria llegó tarde, con premios y homenajes que ya no podía disfrutar. La muerte lo encontró en un sanatorio, lejos de su Castillete, pero su luz nunca se apagó.

Hoy, cuando la brisa entra por las ventanas de su casa-museo, aún se escucha el susurro de los pinceles sobre el lienzo, el eco de un hombre que, entre locura y genio, aprendió a pintar no con colores, sino con el alma misma del sol.

19 de abril de 2025

Un Eco de Libertad


Aquella mañana del 19 de abril de 1810, Caracas despertó con el redoblar de las campanas de la Catedral. Era Jueves Santo y el cielo, como un mantel recién planchado, lucía un azul más limpio que nunca. Por las calles empedradas de la ciudad comenzaban a desfilar las largas enaguas de las mantuanas y los hábitos de los franciscanos, mientras en las esquinas, los esclavos pregonaban dulces de papelón y conservitas de coco.

Pero esa mañana, bajo la aparente calma de la Semana Mayor, algo distinto hervía en las tertulias de los criollos. En la casa de José Ángel de Álamo, los jóvenes conspiradores ajustaban los cabos de una trama que llevaba años madurando, como el ron en las barricas de las bodegas. José Félix Ribas, con fuego en la mirada, repartía instrucciones mientras los Montilla recorrían las calles despertando voluntades.

Cuando el capitán general Vicente Emparan salió del Ayuntamiento para dirigirse a la misa, su casaca de terciopelo azul con bordados de oro resplandecía bajo el sol. Caminaba con la altivez de quien ha gobernado seis años con mano firme, seguido por los oidores de la Real Audiencia con sus togas negras y sus varas de mando. Detrás, la guardia de honor, con mosquetes relucientes, marcaba el paso.

Al llegar a la puerta de la Catedral, cuando ya el incienso comenzaba a filtrarse por las rendijas de la entrada, una mano firme se posó sobre su antebrazo.

—¡Os llama el pueblo a cabildo, señor!

Era Francisco Salias, con el rostro encendido como brasa, deteniendo al representante del rey. Emparan miró al comandante de la guardia, esperando una intervención que nunca llegó. El capitán Luis de Ponte mantuvo a sus soldados inmóviles, como estatuas de mármol. El poder, pensó Emparan, se le escurría entre los dedos como el maíz de un costal roto.

Regresó al Ayuntamiento entre el rumor creciente de la gente que llenaba la plaza. Adentro, los regidores lo esperaban con papeles y argumentos. Hablaron de la disolución de la Junta de Sevilla, del cautiverio de Fernando VII y de la usurpación francesa. Emparan respondió con la lógica del funcionario leal: España tenía Regencia y las cosas debían seguir como estaban. Convenció a algunos. Al final, parecía que todo volvería a su cauce normal.

Pero cuando se asomó al balcón para calmar a la multitud, el canónigo José Cortés de Madariaga ya le había ganado la espalda. Con su sotana negra y un verbo encendido, arengó al pueblo:

—¿Queréis seguir dependiendo de España?

El silencio se hizo tan denso que podía oírse el vuelo de una mosca. Emparan, en un arrebato de soberbia que sería su tumba política, tomó la palabra y cometió el error fatal: quiso consultar al pueblo. Se volvió hacia la muchedumbre sudorosa que llenaba la Plaza Mayor y preguntó si lo querían como gobernante.

Su destino pendía de un hilo. Fue entonces cuando, con señas, Madariaga —detrás de Emparan— animó al pueblo. La gente, como un clarín de guerra y como una sola garganta de mil cabezas, repitió el grito que retumbó en las fachadas coloniales: «¡No lo queremos! ¡No lo queremos!». El clamor trepó por los balcones de madera tallada, se coló por las persianas donde las damas observaban tras los abanicos y llegó hasta el Ávila, que guardó el eco para siempre entre sus montañas.

Emparan palideció. Su renuncia fue firmada esa misma tarde en un acta que aún guarda la capilla de Santa Rosa en sus archivos. Al día siguiente, el alto mando español partió preso hacia Puerto Rico, mientras en Caracas se instalaba la Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII.

Los meses siguientes vieron florecer medidas que olían a libertad recién estrenada: se prohibió el comercio de esclavos, se eliminó el tributo indígena y se abrieron los puertos a las naciones amigas. Y una mañana de junio, tres caraqueños —Simón Bolívar, Luis López Méndez y Andrés Bello— partieron hacia Londres con la mirada puesta en un horizonte que ya no era español.

Todo había comenzado con un gesto en un balcón, un arrebato de orgullo y un «no lo queremos» que fue la semilla de la República.

24 de marzo de 2025

José Roque Pinto, Profeta en su Tierra

     

El aire olía a café recién tostado y a tierra húmeda en los Altos de Guaicaipuro. Un aire que, junto al cantar de los gallos, despertaba temprano a los peones que con sus mulas trabajaban los conucos en esa empinada región. Allí, entre claras y frías neblinas, nació José Roque Pinto un 24 de marzo de 1795, hijo de don Francisco Ramón Pinto y de doña María Rafaela Suárez de Pinto, humildes agricultores en una tierra que se resistía a olvidar el eco de aquellas montañas libertarias.

De niño, José Roque no conoció otra escuela que la del trabajo. Autodidacta, aprendió a medir la cosecha, a distinguir el grano bueno del cizañoso y, sobre todo, a mirar lejos, como si cada colina fuera una frontera por conquistar. Los viejos decían que tenía el temple de los que no se doblegan ni ante la lluvia ni ante el miedo. Cuando los rumores de guerra llegaron de Caracas como reguero de pólvora, Pinto dejó el arado y tomó el fusil. “Por la república y por esta tierra que me dio nombre”, juró frente al altar de San Pedro, mientras su madre, con el miedo apretado en el pecho, susurraba una oración contenida.

En los años turbulentos de las luchas de independencia, los caminos de San Pedro parecían ríos de soldados. Las haciendas, antes silenciosas, se convertían ahora en refugios y hospitales improvisados. Pinto, ya capitán por méritos ganados en la contienda, se movía entre las montañas con la certeza de quien conoce cada recodo, cada quebrada que escondía a un guerrillero o una esperanza. Su liderazgo no provenía del rango, sino del ejemplo: cargaba el fusil, compartía el rancho, escuchaba al campesino. Era un hombre que mandaba sin gritar.

Cuando el estruendo de los cañones se apagó y la patria nueva asomó entre ruinas y heridas, José Roque volvió a los Altos con la misma calma de quien sabe que la lucha no termina con la victoria. Fundó una escuela junto a la iglesia, donde antes estaba el campamento. “El que no aprende, vuelve a ser esclavo”, repetía a los niños que lo escuchaban hablar de Bolívar y de justicia. Bajo los cipreses de la plaza, entre el aroma del café, fue tejiendo una nueva independencia: la de la enseñanza.

El tiempo, que devora héroes con la misma hambre que engrandece mitos, lo fue dejando en la memoria del pueblo. Los más viejos aún aseguran verlo encorvado pero altivo, caminando a lo largo del sinuoso camino montañoso con su sombrero ancho y un bastón, saludando a todos con quienes cruzaba la mirada. En los cafetales aún se escucha su voz, llevada por el viento del amanecer:
—El suelo se defiende sembrando,mis hijos, sembrando libertad.

Y así, entre surcos y recuerdos, José Roque Pinto quedó sembrado en su tierra, como el imaginario de una república que creció junto a los caminos humildes, donde la patria se hacía cotidiana en el café de las mañanas y en la palabra enseñada.


10 de marzo de 2025

Las Manos del Sabio


La densa y salitrosa bruma de La Guaira envolvía la silueta del Dr. José María Vargas aquella tarde de recuerdos. En las calles empedradas, donde el eco de los pasos parecía detenerse a charlar con las sombras de los muros coloniales, el nombre del médico no era solo un título; era una plegaria de alivio para el afligido.

Vargas, hombre de mirada de lince y pulso de relojero, caminaba con el peso de la historia sobre sus hombros. Había nacido a orillas del mar Caribe; su espíritu era como un velero audaz que siempre buscó puertos de conocimiento más allá del horizonte.

En las aulas de la Universidad Central, su voz era un manantial de luz en medio de la penumbra dogmática. No solo curaba cuerpos, sino que intentaba sanar el alma de una nación herida por las guerras. «La educación es el cimiento de la libertad», solía decir, mientras sus finas manos pasaban las páginas de libros que olían a sabiduría antigua y esperanza nueva. Fue esa misma integridad la que lo llevó a las cumbres del poder público, convirtiéndose en el primer civil en asumir la presidencia de la República, demostrando que el pensamiento y el derecho podían guiar el destino de un país acostumbrado al rigor de las armas.

Pero el destino, tejedor incansable con hilos dorados, le reservaba una tarea que no estaba en ningún tratado de anatomía ni medicina: custodiar la eternidad del Padre de la Patria.

Corría el tiempo del luto y la incertidumbre. El Libertador, el hombre que había cabalgado sobre los Andes como un rayo indomable, se había convertido en un suspiro en Santa Marta. Caracas esperaba a su hijo y el Gobierno, con la solemnidad que exigía el momento, llamó al sabio de La Guaira. Vargas se enfrentó a la mesa de trabajo con el respeto de un devoto ante un altar. El cuerpo de Simón Bolívar, despojado ya de la fiebre y el cansancio, yacía bajo la luz de los candiles. El Dr. Vargas no veía solo a un paciente; veía el mapa de una libertad no consolidada.

Con una paciencia de monje, sus manos operaron el milagro de la permanencia. Los aceites y las resinas se mezclaron con el aroma de la mirra, creando una atmósfera donde el tiempo parecía haberse arrodillado. Cada incisión era un verso de gratitud; cada vendaje, un juramento de lealtad. El médico no solo embalsamaba un cuerpo, sino que blindaba el mito contra la polilla del olvido.

> «He cuidado que este pecho, que albergó el fuego de mil batallas, repose ahora en la paz del bronce», pensó Vargas mientras el sudor de su frente caía, como una libación, sobre el suelo de la estancia.

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Años más tarde, lejos de sus costas, en el exilio silencioso de Nueva York en 1854, el Dr. Vargas cerraría los ojos por última vez. Pero su legado no se quedó entre los hielos del norte. Regresó a Venezuela convertido en viento y en escuela; en el ejemplo del hombre que prefirió la pluma al sable, pero que supo usar el bisturí para darle a su pueblo un símbolo inmortal.

Hoy, cuando el sol calienta los adoquines de La Guaira, se dice que aún se siente un rastro de lavanda y espíritu científico en el aire. Es la huella de José María Vargas: el médico que no solo curó a los vivos, sino que enseñó a la muerte a respetar la grandeza de los héroes.

15 de febrero de 2025

Angostura


El sol de febrero en Angostura no calentaba; calcinaba. Un viento denso traía los vapores del Orinoco; el tiempo parecía detenerse a escuchar el murmullo de la corriente del gran río. Aquel 15 de febrero de 1819, el pueblo ya no era el mismo. Las pulperías estaban a medio abrir y hasta los gallos parecían haber moderado su canto, presagiando que, bajo el techo del palacio de gobierno, se estaba pariendo un nuevo destino.

Los más ancianos —viejos de piel curtida y ojos que habían visto pasar más banderas que inviernos— se acomodaban el sombrero de cogollo y se sentaban en los zaguanes cercanos. Desde allí veían entrar a los veintiséis diputados, hombres que cargaban sobre sus hombros la esperanza de una nación que aún olía a pólvora y a incienso. Se lanzaron salvas de artillería, tres cañonazos al amanecer, y hubo repique de campanas. El ambiente era de extrema tensión y esperanza.

La expectativa llegó a su punto máximo cuando, tras el último eco de los metales, Bolívar entró al salón a las 11 de la mañana.

—Ya va a empezar —susurraban para sus adentros, mientras el eco de una voz vibrante comenzaba a filtrarse por las ventanas altas.

Era la voz de Simón, el caraqueño de verbo vivo y mordaz. No era un discurso de elogios y cumplidos; eran palabras que caían como hachazos sobre un tronco viejo. Bolívar hablaba de que «nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder». Los presentes asentían con la cabeza, recordando a tantos caudillos de pueblo que se creían dueños del cielo y de la tierra. «El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía», decía Bolívar. La costumbre es, a veces, una cadena más pesada que el hierro.

El discurso fluía como fluye el Orinoco en tiempo de crecida. Bolívar no pintaba un mundo de ángeles. Con una honestidad que dolía, hablaba de un pueblo atado al yugo de la ignorancia, la tiranía y el vicio. Quienes escuchaban recordaron las sombras de las mazmorras y las cicatrices en las espaldas de los que nacieron esclavos. El Libertador clamaba por la libertad absoluta de los esclavos, implorándola como quien implora el aire para respirar: «Un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción», sentenciaba desde muy adentro de su ser la voz de Bolívar desde el estrado.

 Las palabras flotaban sobre la plaza: «Moral y luces son nuestras primeras necesidades». No hablaba de importar leyes de Filadelfia o de Londres, pues él sabía que «no somos europeos, no somos indios», sino un amasijo de sangres, un «compuesto de África y de América» que requería un trato delicado, como quien maneja una pieza de fino cristal que, ante la menor alteración, se resquebraja.

Al cabo de una hora, el silencio se apoderó de Angostura. El Libertador había dibujado a Colombia —esa unión de Venezuela y Nueva Granada— no como un sueño, sino como una república de «hombres virtuosos y patriotas».

Cuando los diputados salieron, el sol ya buscaba el horizonte, pintando el río de rojo. Los viejos se pusieron de pie, sintiendo que sus piernas, entumecidas por el paso de los años, tenían ahora un nuevo vigor. No sabían si verían esa libertad anunciada pero, mientras caminaban hacia sus humildes moradas, repetían para sus adentros la frase que más les había inquietado el alma:
—«Más cuesta mantener el equilibrio de la libertad que soportar el peso de la tiranía».
Esa noche, Angostura no durmió. El río seguía su curso, pero el cauce de la historia, tras aquel discurso, ya nunca volvería a ser el mismo.

12 de febrero de 2025

El Rugir de la Libertad.

     

El amanecer del 12 de febrero de 1814 se alzaba sobre los valles de Aragua con un fulgor que presagiaba el destino de una nación. El cielo, pintado de tonos dorados y carmesí, se extendía como un manto sobre el campo de batalla, donde la libertad y la tiranía se enfrentaban en un duelo épico, histórico. En el corazón de aquel valle, la ciudad de La Victoria se erguía como un bastión de esperanza, custodiada por el indomable espíritu de José Félix Ribas y sus valientes jóvenes soldados.

Ribas, con el fuego de la patria ardiendo en su mirada, arengó a sus tropas con palabras que resonaron como truenos en el alma de cada uno de ellos: “¡Soldados! Hoy no luchamos solo por nuestra tierra, sino por el futuro de nuestras familias, por la dignidad de nuestro pueblo. ¡Hoy, la gloria nos espera, y la muerte no será más que un paso hacia la inmortalidad!”. Su voz, cargada de pasión, se inflamó como un canto en los corazones de aquellos jóvenes, casi niños, muchos de ellos estudiantes aún, quiénes decidieron empuñar las armas con la determinación de gigantes.

El enemigo, las fuerzas realistas, comandadas por José Tomás Boves, avanzaba como una sombra oscura, un monstruo de hierro y fuego que buscaba devorar la luz de la libertad. Sus filas, numerosas y bien armadas, parecían invencibles, pero Ribas, con la astucia de un lobo y la valentía de un león, supo que la verdadera fuerza está en el coraje y la convicción de carácter.

El fragor de la batalla estalló como una tormenta repentina. Los cañones rugieron, desgarrando el silencio con su estruendo, y el humo de la pólvora envolvió el campo con un velo gris. Los jóvenes patriotas, con sus uniformes raídos, pero sus espíritus indomables, se lanzaron al combate con un grito que parecía sacado de las entrañas mismas de la tierra: “¡Viva la patria!”. Cada golpe de sus espadas, cada disparo de sus fusiles, era un canto a la libertad, una estrofa de un poema épico que se escribía, aquella mañana, con sangre y valor.

Ribas, montado en su corcel, era la encarnación misma de la resistencia. Su figura, envuelta en el humo de la batalla parecía un espectro de la guerra, incansable y feroz. Con cada orden, con cada movimiento, guiaba a sus hombres como un maestro dirige una sinfonía, donde el sonido de las balas y los gritos de los combatientes eran las notas de una melodía trágica y hermosa.

Las horas pasaron, y el sol, testigo mudo de aquella contienda, comenzó a declinar en el horizonte. La batalla era una danza frenética, un torbellino de vida y muerte. Los jóvenes, agotados pero imbatibles, resistieron cada embestida del enemigo con una tenacidad que parecía sobrenatural. Y entonces, cuando el día agonizaba, llegó el momento decisivo. Ribas, con una mirada que brillaba como el acero de su espada, ordenó la carga final.

“¡Adelante, hijos de la patria! ¡Por la libertad, por la gloria, por Venezuela!”, gritó, y sus palabras fueron como un rayo que electrizó a sus hombres. Con un ímpetu arrollador, los patriotas se lanzaron sobre el enemigo, rompiendo sus filas como un río desbordado que arrasa todo a su paso. El grito de victoria se alzó como un trueno, y las fuerzas de Boves, derrotadas, huyeron en desbandada.

El campo de batalla, cubierto de los restos de la lucha, quedó en silencio. El sol, ya en el ocaso, tiñó de rojo el cielo, como si la tierra misma llorara a sus hijos caídos. Ribas, con el rostro cansado pero iluminado por la victoria, miró a sus hombres y supo que aquel día no solo habían ganado una batalla, sino que habían forjado el alma de una nación.

La Batalla de La Victoria se convirtió en un símbolo eterno de coraje y sacrificio. Aquellos jóvenes, muchos de los cuales no verían el amanecer del día siguiente, se convirtieron en héroes inmortales, sus nombres quedaron grabados en el mármol de la historia. Y Ribas, el león de La Victoria, pasó a la posteridad como un titán de la libertad, un hombre cuyo espíritu indomable iluminó el camino hacia la independencia.

11 de febrero de 2025

Francisco Rósete: el Jefe de los desolladores

(Tomado de: Leyendas Históricas de Venezuela, tomo II por Aristides Rojas)

Francisco Rósete

En el grupo que constituyen los más crueles asesinos de la guerra a muerte, durante la época aciaga de 1812 a 1815, al lado de Suazola, Zerbery, Antoñanzas, Puy, Ñáñez, Boves, está el celebérrimo Francisco Rósete quien inmortalizó su nombre en los Valles del Tuy, en 1814, y dejó su cadáver en el campo de El Juncal, en 1816.

Francisco Rósete, nace en las Islas Canarias en 1775, era un miserable pulpero en el pueblecito, también miserable de Taguay, cerca de Camatagua, donde vendía quesos, papelón, manteca de cochino, chicharrones y otros comestibles. Mantenía una estrecha relación constante y estrecha con la peonada y esclavos de las haciendas cercanas, lo cual le servirá en el futuro. Allí estuvo sostenido por la beneficencia de los vecinos más que de los productos de su industria. Su calidad de español le brindó la ocasión de que el primer asesino de los llanos, Eusebio Antoñanzas, en su incursión por allí, en el año 1812, le confiara el mando del pueblo de Camatagua, nombrándolo Teniente de Justicia Mayor; de simple bodeguero pasó a ser caudillo y comandante de los ejércitos del Rey en los Valles del Tuy, y desde entonces este hombre soez y malvado, no pensó más que en distinguirse como el más cruel perseguidor de los patriotas, y a la cabeza de una partida de bandidos, no cesó de hostigar barbaramente a Orituco, Camatagua, Taguay y otros pueblos  vecinos situados al sur de la cordillera.

Antes de esta fecha, ya Rósete había militado como soldado de caballería, en la campaña de Francisco de Miranda —1811 a 1812—. Perdida esta, regresó a Taguay donde le encontró Antoñanzas y lo agregó a los hombres de Domingo Monteverde, todos ellos célebres criminales.

Durante la campaña de 1813, Rósete permanece oculto, siempre temeroso de ser perseguido por los patriotas. Al presentarse los primeros días de 1814, el bandido cobra nuevos bríos y encuentra protección en José Tomás Boves, quien lo encontró apto para emplearlo como oficial que cumpliría al pie de la letra todas sus ordenes, es decir, azotar los pueblos cercanos a Caracas, infundir en sus familias el espanto, hacerse de los malos venezolanos desertores de las fuerzas patriotas; talar, asesinar, incendiar, y reducir a cenizas cuanto estuviera a su alcance. Boves le había señalado a Rósete, como centro de operaciones, los valles que fertiliza el Tuy, que este consideraba, de vital importancia y necesario poseerlos antes de avanzar sobre la capital.

Es así como acompañado de bandoleros esclavos que habían hallado protección en las filas españolas, de lo más ruin, vil, e infame, de cuanto pudo haber a la mano, Rósete emprende su campaña sobre el pueblo de Ocumare, el 11 de febrero de 1814. Eran las tropas comandadas por Rósete, una bandada de espíritus infernales, ante las cuales figuraba él como Jefe, seguido de su segundo, un isleño tan malo como él, a quien apodaban el "Niño Arico", el cual, no pudiendo excederle en maldad, se contentaba con igualarle.

La matanza de Rósete en Ocumare, en dos ocasiones, en febrero y en marzo de 1814, constituye uno de los sucesos más horrendos de la guerra a muerte en Venezuela. 

Detalle de "El Escorpión Dormido"
De Pedro Rengifo. Año 2003
Imaginemos una turba desenfrenada de hombres desalmados, sin religión, sin familia, sin patria; devorados por los instintos del pillaje, del asesinato, de la lujuria, de la venganza, de la rapiña; armados del puñal y de la tea, al mando de un Jefe que les concede amplia licencia para satisfacer todos los apetitos imaginables. Imaginemos esa turba famélica, en posesión de un poblado indefenso, rendido, que clama piedad y eleva sus oraciones al Dios de las misericordias, al verse acosado por la muerte. Por un lado estaban los desgraciados, las madres, los niños, los ancianos, los enfermos que gritan, lloran, suplican, se desesperan al ser testigos y victimas de la matanza que mancha de sangre, casas, calles, plazas, templos; y por el otro se encuentra la turba que sacrifica sin piedad, que grita, se ríe, aplaude; que es vencedora. Al saqueo sigue la destrucción, a la destrucción el incendio. Las tropas de Rósete después de haber robado y saqueado el pueblo, derribaron a hachazos las puertas de la iglesia y regaron con la sangre de algunos ancianos el coro, la nave principal y el ara misma de los altares; luego sacándolos en las puntas de las lanzas, esparcieron por las calles y caminos sus cuerpos mutilados. Tal fue el triunfo de Rósete en Ocumare.

El panorama era triste y desolador, fragmentos de cuerpos humanos, con manchas de sangre, con despojos sin formas; eran escenas repelentes. Aquí un brazo, allá una pierna, más allá cuerpos descabezados; cadáveres de hombres y mujeres que fueron desollados. La crápula y el asesinato no tuvieron jamás orgía más pavorosa y prolongada. Así fue la masacre de Rósete en Ocumare.

Al tenerse en Caracas noticia de todos los crímenes de Ocumare, el General José Felix Ribas sale en defensa de esta pequeña población: Rósete, al saberlo, se atrinchera en San Francisco de Yare, temeroso del valeroso enemigo. Inútil le fue esconderse, Ribas cargó sobre él con impetuosa cólera, y el asesino perezoso y torpe se escapó difícilmente en medio de los bosques, protegido por la noche. El vencedor, como acto de venganza, pasó por las armas a cuantos prisioneros cayeron en sus manos, y favoreció a los infortunados que habían tenido que abandonar sus casas.

El 6 de marzo vuelve Rósete sobre el pueblo de Ocumare que estaba entonces bajo el mando del respetable oficial Don Pedro de la Vega y Mendoza. Juzgó este que no pudiendo oponerse al bandido que arremetía con fuerzas numerosas, que era más provechoso para los habitantes entrar en transacciones, y con este objeto propone a Rósete una capitulación que éste acepta. Establecidas las bases, se redacta el documento en el templo del pueblo, y concluido y firmado es colocado bajo la custodia del altar, como para darle al acto cierto carácter sagrado que impusiera respeto al feroz asesino; más no sucedió así. El señor de la Vega invitó a Rósete a que le acompañara a almorzar en la casa de su familia, y por primera vez, en su vida, éste se encuentra sentado en una mesa de caballeros y de señoras de lo más selecto de la región; pero ni la santidad de la custodia, ni la decencia de la familia Vega, pudieron moderar los ímpetus de aquella pantera de forma humana.

El almuerzo comenzó bien, y todo auguraba un feliz resultado, cuando Rósete, dominado por sus instintos, quiso ultrajar a la respetable concurrencia de la mesa. Comienza, desde su asiento, a lanzar sobre el rostro de señores y señoras bolitas de pan, en ademán burlesco. Las primeras fueron aceptadas, aunque el señor de la Vega manifestó repugnancia al juego: mas cuando la chanza continuó con las señoras, una de éstas armada de dignidad, se le encara al asesino, lo apostrofa, y éste se levanta al instante de la mesa, sigue a la plaza y manda formar su tropa. El señor de la Vega huye y trata de escaparse en dirección del sitio campestre más cercano, y los demás invitados le imitan. Desde aquel fatal momento Rósete torna a su carrera de crímenes, sacrifica a don Diego Hurtado y a Doña Juana Aresteigueta, hace desollar la espalda y las plantas de los pies a Don Domingo Maucó, le obliga a andar en derredor de la plaza del pueblo, y en seguida le asesina. En ese momento el venerable Vega, alcanzado por una patrulla de Rósete, era igualmente sacrificado.

Rósete decreta la libertad de los esclavos, degüella, asesina, tala, incendia, solo podía ser feliz dando rienda a sus pasiones depravadas. Eran aquellas escenas de espanto y de desolación, las últimas del horrible drama de Ocumare.

Cuando llega a la capital la triste noticia, Juan Bautista Arismendi, comandante militar interino de Caracas, organiza una apurada expedición de unos 800 adolescentes y estudiantes y el día 14 intenta auxiliar a los sitiados. La expedición fue un fracaso y entre los numerosos muertos se encuentran también los patriotas José Domingo Cáceres y el joven de 14 años Félix Cáceres, padre y hermano  respectivamente de la heroína Luisa Cáceres de Arismendi, quienes fueron fusilados por el depredador Francisco Rósete, en el recinto de la plaza de Ocumare del Tuy;  pero el 20 de marzo una segunda expedición con Ribas a la cabeza desbandaron a las fuerzas de Rósete, haciéndolo huir cobardemente.

Rósete se atrincheró, Ribas comenzó por sorprenderlo con su grupo de patriotas que llenaron de terror a los bandidos cuando las llamas los rodearon en sus trincheras. El valor de Ribas y sus hombres, con la ayuda de los humildes campesinos del pueblo, pusieron en vergonzosa fuga a los hijos de las tinieblas y del crimen.

Rósete se había escapado como en la vez primera; pero el cielo reservaría la venganza y sabría oír los clamores de las tumbas. Pronto desaparecería Boves en Urica, y jinete y caballo caerían por tierra: pronto morirá Rósete en el campo glorioso del Juncal. ¡Diente por diente y ojo por ojo!

Rósete no sobrevivió, por mucho tiempo a sus numerosas victimas. El 27 de septiembre de 1816, participó activamente en la Batalla del Juncal, al mando del Coronel Francisco Tomás Morales, quien se enfrenta a las fuerzas patriotas de los Generales Manuel Piar y Gregor Mac Gregor. Al decidirse el triunfo de lado de los patriotas, entre los cadáveres se encontró el del comandante y Jefe de los desolladores, Francisco Rósete. La copla popular enseguida empezaría a oírse:

En Urica murió Boves
En el Alacrán Quijada
   Y en el campo del Juncal
   Rósete y sus camaradas.


¿Quién fue Pedro de la Vega?


El Coronel de Infantería Don Pedro de la Vega y Mendoza fue un prócer sacrificado por las hordas de Rosete en Ocumare del Tuy, olvidado por la historia. Solo queda de este ilustre personaje un recuerdo en el nombre de su inmensa hacienda cacaotera, convertida en 1937 en la Colonia Mendoza. Don Pedro en 1814 ejercía el cargo de Teniente de Justicia Mayor en Ocumare del Tuy, en esa población se encontraba el 11 de febrero cuando las tropas de Francisco Rosete, pulpero de Taguay, convertido en coronel realista, atacaron a la ciudad. El coronel Pedro de la Vega y Mendoza murió junto a 300 ocumareños que se habían refugiado en el templo. Las hordas acabaron con ellos a machetazos y lanzazos.

8 de febrero de 2025

Humboldt y Bonpland en Ocumare


Febrero de 1800. El sol como siempre, derramaba su luz dorada sobre los Valles del Tuy, donde la tierra, vestida de verde esmeralda, se extendía como un manto bordado por la mano paciente de la naturaleza. Era una mañana fresca, perfumada por el aroma dulce de la caña de azúcar. En ese escenario, la hacienda de don José de Manterola, ubicada en lo que hoy es, el sector La Acequia de Ocumare del Tuy, se alzaba como un testigo silencioso de la historia que estaba por escribirse.

El 8 de febrero de 1800, Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland, dos almas curiosas e inquietas, sedientas de conocimiento, partieron de Caracas rumbo al este. No era un viaje cualquiera; era una travesía que los llevaría a descubrir los secretos más íntimos de la tierra venezolana. Aunque su objetivo principal era el encuentro entre el Orinoco y el río Negro, decidieron desviarse para explorar "la parte más bella y cultivada de la provincia, los valles de Aragua". Sin embargo, el destino tenía preparada para ellos una parada inesperada: los Valles del Tuy.

El 9 de febrero, bajo un cielo azul eléctrico, llegaron al valle del Tuy, una región que parecía haber sido pintada por los propios ángeles. Humboldt, con su mirada de científico y poeta, describió el lugar como "una región activamente cultivada, llena de aldeas y pueblos, con una población total de más de 28.000 habitantes". Un mundo en miniatura, donde la vida fluía al ritmo de las cosechas y el canto de las aves.

En la hacienda de don José de Manterola, los viajeros encontraron refugio. La casa, rodeada de camburales, caña de azúcar, clavellinas e higueras, era un oasis de paz y sosiego. Humboldt, en sus notas, describió el paisaje como "una bonita plantación de caña" a 580 metros de altitud, donde el tiempo parecía caminar más despacio. Allí, entre el mecer de los árboles y el rumor del río, pasaron dos días muy agradables.

Don José de Manterola recibió a sus ilustres huéspedes. Humboldt, en su diario de campo, lo describió como un hombre "codicioso y tacaño, pero de buen carácter", cuya fortuna había llegado gracias a un matrimonio ventajoso. Aunque su avaricia era conocida, Manterola supo agasajar a Humboldt y Bonpland con la hospitalidad que solo un anfitrión de su talla podía ofrecer.

La hacienda era una perfecta representación de la vida colonial. Los esclavos trabajaban bajo el sol inclemente, cortando caña con movimientos rítmicos que parecían una danza ancestral. Las mujeres, con sus vestidos de colores vivos, llevaban cestas llenas de frutas tropicales, mientras los niños correteaban entre los árboles, persiguiendo iguanas. Era un cuadro vivo, donde cada personaje tenía un papel en la sinfonía de la vida rural.

Humboldt, con su pluma afilada y su mente curiosa, observó cada detalle. 

Anotó la altura de las montañas, el curso del río, la poesía del lugar. "El río Tuy serpenteaba como una culebra dormida entre los árboles", escribió en su diario. 

"Las higueras extienden sus ramas como brazos protectores, y las clavellinas florecen con un rojo intenso, como llamas que iluminan el paisaje rural".

Bonpland también se maravilló con la diversidad vegetal. Recogió muestras de plantas, las estudió con cuidado y las guardó en su colección. Cada hoja, cada flor, era un tesoro que llevaría consigo como testimonio de su paso por estas tierras.

Al caer la noche, la hacienda se transformaba. El cielo se llenaba de estrellas que brillaban como diamantes sobre un terciopelo oscuro. El aire se impregnaba con el aroma de la caña quemada, y el chirrido de los grillos y el croar de las ranas creaban una melodía que parecía salida de un sueño. Humboldt y Bonpland, sentados en el patio de la casa, compartían historias y reflexiones bajo la luz de la luna.

Fueron dos días que quedaron grabados en la memoria de los viajeros. Dos días en los que los Valles del Tuy les mostraron su esplendor y su misterio. Cuando partieron, llevaban consigo no solo datos científicos, sino también la imagen imborrable de un lugar donde la naturaleza y el hombre convivían en armonía.

De la visita de Humboldt y Bonpland a los Valles del Tuy nacieron bellos relatos transmitidos por nuestros abuelos, de generación en generación, relatos que, como el río Tuy, fluyen eternamente entre la historia y la poesía.