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25 de septiembre de 2025

Lealtad a toda prueba


Bajo el sol inclemente del vasto territorio zuliano, región de contrastes, donde el polvo huele a pólvora y sudor, la figura del general Rafael Urdaneta se yergue, no como un monumento, sino como un gran roble: sólido, silencioso, dando sombra y refugio. Su vida no fue un grito de gloria, sino un juramento susurrado al oído de la historia.

Nació en Maracaibo, en el crepúsculo del dominio español, su carácter se forjó en el austero cumplimiento del deber. Era un hombre de pocas palabras, pero cada una de ellas pesaba como una barra de hierro. Su inteligencia era un relámpago que iluminaba la estrategia en las lides por la libertad, su valor, un muro de contención para sus hombres.

Sin embargo, la esencia de Urdaneta, su más profunda verdad, no se encontraba en los campos de batalla, sino en la lealtad inquebrantable que profesaba a un solo hombre: Simón Bolívar. No era la sumisión del soldado, sino la devoción del hermano mayor, la del amigo fiel, que ve en el otro no al héroe, sino al sueño que debe protegerse. Bolívar era para él la encarnación de la patria, y Urdaneta se convirtió con su ejemplo, en el General de las Sombras, anticipando órdenes y desbaratando traiciones con la precisión de un maestro de esgrima. Temprano, en 1813, su profunda lealtad ya se había manifestado en una carta donde expresaba a Bolívar: "General: Si con dos hombres basta para libertar a la patria, presto estoy a acompañarle". 

Más tarde una chispa en la penumbra, un presentimiento definiría su vida: fue el 25 de septiembre de1828, en aquella lúgubre noche del Atentado Septembrino, mientras la conspiración serpenteaba por los pasillos del poder, cuando Urdaneta, con el corazón atenazado de inquietud duplicó la guardia personal del Libertador con un gesto silencioso. Esa noche, el filo de la traición se encontró con el escudo mudo de su lealtad. No hubo proclamas, ni alardes. Solo el acto sereno de quien cumple con su deber más íntimo.

Y cuando el ocaso se cernió sobre Bolívar, acosado por la ingratitud y la enfermedad, fue Urdaneta quien permaneció a su lado. Mientras otros se alejaban como hojas llevadas por el viento de la conveniencia y la traición, él permaneció al lado de su amigo. Sus palabras ya no eran de estrategia, sino de consuelo, sentidas frases tejidas con las hebras del dolor y la fidelidad: "General, aquí está su Urdaneta". Era la última trinchera, el último baluarte de una lealtad a toda prueba que no conocía de rendiciones.

La muerte del Libertador lo tambaleó, pero ni siquiera entonces flaqueó su fortaleza. Se convirtió en el guardián del legado del Libertador, en el centinela de una memoria que otros querían mancillar. Rafael Urdaneta, el hombre que nunca buscó el sol para su propio brillo, demostró que la luz más perdurable es la que se refleja: la del honor, la de la lealtad inquebrantable. Su grandeza no reside en el eco de sus hazañas, sino en el silencio elocuente de su coherencia, un relámpago de nobleza que ilumina para siempre las páginas de la historia.

15 de septiembre de 2025

El escribiente de la niebla


En Timotes, la niebla se posaba sobre los tejados. Mario la veía llegar desde el corredor de su casa, con un libro en las manos y el frío mordiéndole los huesos. No era una niebla cualquiera. Parecía tener memoria. Se enredaba en los aleros, olía a leña y a café colado, y a veces, si uno prestaba atención, contaba historias de pueblitos vecinos: Mucuchíes, Apartaderos, Chachopo.

Mario crecía entre empinadas montañas que parecían gigantes dormidos. Su padre lo instruía en leyes e historia; su madre le hablaba de valores y de la fe cristiana. Pero él prefería escuchar el idioma de la bruma de las montañas. Una tarde, mientras escribía sus primeras letras, la niebla entró por la ventana y se posó sobre el cuaderno. No lo mojó; al contrario, dejó una palabra escrita con una caligrafía que no era la suya: «Justicia».

Mario no se asustó. Los niños de los Andes saben que lo asombroso tiene su propia lógica. Guardó el cuaderno y salió al patio. Las gallinas picoteaban el barro. Un vecino que pasaba con una mula cargada de papas lo saludó:

«—Buenos días, niño Mario», dijo.

«—Buenos días», respondió él, y sintió que la palabra justicia le pesaba en el bolsillo como una piedra de río.

Con los años, el muchacho se hizo hombre y el hombre se hizo escritor. Se fue a Caracas y de allí viajó a Europa. Conoció salones, tribunas y sufrió destierros. Pero cada vez que se sentaba a escribir, la niebla del páramo de Timotes lo acompañaba. Se colaba por las rendijas de las casas lejanas, olía a su tierra y le dictaba frases que él no había pensado. Escribió sobre Bolívar, sobre la historia venezolana, sobre el dolor de un pueblo. Y en cada página, sin que nadie lo notara, quedaba una gota de esa niebla de los páramos andinos.

Una noche, ya viejo, en un cuarto de hotel, sintió que la niebla entraba de nuevo. Esta vez no traía palabras. Traía rostros. Vio a su madre cosiendo, a su padre leyendo, a los campesinos de su infancia labrando los conucos. Vio a Venezuela entera, con sus ríos y sus heridas. Entonces entendió que no era él quien escribía. Era la niebla. Él solo era su escribiente.

Mario Briceño Iragorry murió lejos de sus montañas. Pero cuentan que en Timotes, cuando la bruma baja densa y fría, aún se escucha el rasgueo de una pluma sobre el papel. Los viejos dicen que es el niño Mario, que sigue escribiendo para que su pueblo no se olvide de sí mismo. Y la niebla, cómplice y eterna, le sostiene el tintero.

14 de septiembre de 2025

El pacto de Bagdad


En Bagdad el calor pesaba como una losa de plomo sobre los muros de arcilla del Club Al-Mansour. Afuera, el río Tigris serpenteaba con su ritmo ancestral. En la penumbra fresca del salón blindado por persianas de madera, la historia transcurría gota a gota, densa y oscura como el crudo que dormía bajo las arenas del desierto. El venezolano Juan Pablo Pérez Alfonzo, un hombre adelantado a su tiempo, ajustó el nudo de su corbata aquel 14 de septiembre de 1960. A su lado, el jeque Abdullah Tariki, de Arabia Saudita, inclinaba la cabeza en un gesto grave, mientras el delegado iraquí, el Dr. Tala'at al-Shaibani, deslizaba sobre la mesa de caoba un mapa geológico marcado con cruces rojas, junto a Fuad Rouhani, de Irán, y Ahmed Sayed Omar, representante de Kuwait. Cinco hombres, cinco acentos distintos y un mismo compromiso: la necesidad de arrancarle el lápiz de las manos al pulso extranjero que trazaba los precios del petróleo en las bolsas lejanas de Londres y Nueva York.

Los barriles rodaban en silencio por los muelles de Maracaibo y las refinerías de Kirkuk, pero el dividendo se desvanecía entre los despachos de Estados Unidos, el Reino Unido y los Países Bajos. De pronto, el silencio de la sala se rompió al compás del zig-zag de una pluma que firmaba el acta constitutiva. Afuera, el sol tropical comenzó a desmoronarse en el horizonte, tiñendo el cielo de un naranja cobrizo. Nació entonces la OPEP, no con un estruendo de cañones, sino con la firmeza callada de quien comprende, por fin, el valor exacto de los recursos de su propia tierra.

6 de septiembre de 2025

Entre la Pluma y la Espada


El calor húmedo de mayo en Jamaica era agobiante. Simón Bolívar, el hombre que había cargado sobre sus hombros el peso de una República perdida, caminaba por las calles de Kingston con la derrota pegada a la piel, pero manteniendo la mirada fija en un horizonte que solo él alcanzaba a divisar. Atrás quedaba el fragor de 1814; atrás, el eco de sus propios pasos en el Congreso Neogranadino donde, ante Camilo Torres, había desnudado la tragedia de una Venezuela herida, recibiendo a cambio los galones de General de División y una misión que el destino acabaría por truncar.

La traición tiene sabores amargos. En Cartagena, el gobernador Manuel del Castillo le había cerrado las puertas del entendimiento. Bolívar, en un gesto que mezclaba hidalguía con pragmatismo, prefirió el exilio antes que una guerra civil. Así, el 14 de mayo de 1815, el Libertador partió hacia lo que lo convertiría en el «Ermitaño de Kingston».

En su modesta habitación, el mobiliario era escaso, pero las ideas sobraban. El silencio de la isla británica no era un vacío, sino un espacio para la reflexión. Ahora, Bolívar no empuñaba la espada, sino una pluma que rasgaba el papel con la fuerza de una carga de caballería; se volvió un hombre más analista y vidente. Entre el humo del tabaco y el aroma del café caribeño, el 6 de septiembre de 1815, nació la Carta de Jamaica.

> «Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo», escribía, mientras el mundo lo creía acabado.

Aquel documento no era una simple misiva; era un mapa geopolítico trazado con la tinta de la esperanza. Bolívar diseccionaba el continente como un anatomista: denunciaba a una Europa opulenta y monárquica frente a una América despojada, donde el hombre no era dueño de su destino, sino objeto de explotación. Pero en su diagnóstico no había autocompasión, sino un despertar.

La estadía en la isla no estuvo exenta de sombras. El acero de un atentado fallido rozó su cuello, recordándole que los realistas temían más a su pensamiento que a sus batallones. Sin recursos, casi en la indigencia, el Libertador buscó una luz en el horizonte y la encontró en la pequeña y valiente Haití.

Alejandro Pétion, presidente de la primera república negra, le abrió los brazos con una solidaridad que no conocía de razas, solo de libertad. En Los Cayos, entre oficiales venezolanos y neogranadinos, Bolívar volvió a ser el sol que imantaba las voluntades. Allí, entre veteranos napoleónicos y hombres que habían roto sus cadenas, se gestó la gran artillería de la liberación.

Para finales de 1816, el mundo era otro. Napoleón había caído y Pablo Morillo avanzaba sobre Venezuela con la flota más formidable que España hubiera enviado jamás. Parecía que la noche sería eterna. Sin embargo, a finales de diciembre, el Puerto de Juan Griego vio desembarcar a un hombre que ya no solo era un militar, sino un estadista curtido por el exilio. Bolívar habló al pueblo, explicó su retiro y reafirmó su fe en un gobierno adaptado a la realidad americana y no a los modelos extranjeros.

El 31 de diciembre, mientras el año agonizaba, el Libertador entraba en Barcelona. No llegaba solo; traía consigo la esencia de la integración latinoamericana nacida en Jamaica. El hombre que se había refugiado en la escritura regresaba convertido en el verbo encarnado de la libertad. Porque, como demuestra la historia, los hombres lúcidos no se achican ante la adversidad: usan la pluma para conquistar el futuro y la espada para defender lo escrito.

26 de agosto de 2025

Una sola espada


El puerto de Guayaquil hervía bajo el sol ecuatorial. El aire cargado de sal se mezclaba con murmullos de curiosidad: dos libertadores se encontrarían. Al fondo, el río Guayas parecía contener la respiración. Dicen que el agua fue testigo de aquel encuentro y que aún guarda, entre sus remolinos, los ecos de las palabras que se dijeron y de las que faltaron por decirse.

Era julio de 1822. En la goleta Macedonia, el general José de San Martín paseaba de un extremo a otro como un tigre enjaulado. Le habían llegado noticias del venezolano, de su desembarco, de sus soldados repartidos por la ciudad. No deseaba bajar a tierra: presentía que la entrevista no sería el diálogo entre iguales que los pueblos esperaban, sino la despedida silenciosa de un sueño continental.

Cuando Simón Bolívar subió a bordo, el viento pareció amainar. Sonrió con esa mezcla de encanto y cálculo que lo acompañaba siempre. San Martín, digno y reservado, lo recibió con cortesía de diplomático más que con fervor de camarada. Hablaron de libertad, de repúblicas hermanas, de estrategias; pero debajo de las frases pulidas se extendía el filo de la desconfianza.

—El Perú necesita estabilidad, señor —dijo San Martín con voz grave—. Y esto no se logra multiplicando repúblicas.

—La independencia no se negocia, se impone —respondió Bolívar, mirando más allá del mástil, como si ya viera ondear su bandera en el puerto.
El silencio cayó entre ambos, pesado como el calor del mediodía. Desde la cubierta se oía el vaivén de las olas golpeando el casco. Los dos sabían que aquella conversación sellaba más destinos que tratados. San Martín comprendió que su proyecto había muerto antes de pronunciarse; Bolívar confirmaba que la historia se abría paso ante él.

Esa noche, en su cuaderno, San Martín escribiría con la serenidad de un hombre que ya ha perdido lo esencial: “He conocido a Bolívar; me basta”. Y cuando días después emprendió rumbo al Perú, no era el Protector quien zarpaba, sino un hombre cansado que había entregado sus ideales al juicio del tiempo. Cuentan que Bolívar, al despedirse, murmuró para sí:

—La América no cabe en dos espadas.
El mar, ajeno y eterno, siguió su curso, llevándose en las olas las palabras de ambos. En la ribera, los pobladores continuaron su faena; el puerto volvía a la normalidad, sin saber que acababan de presenciar el fin de una era y el nacimiento de otra, tan brillante como implacable. Guayaquil, con su calor y su historia, había sido el espejo donde dos libertadores miraron, por última vez, la sombra de su destino.

23 de agosto de 2025

El Último Suspiro del General Urdaneta


París, agosto de 1845. Una ciudad de mármol y sueños, bajo un cielo opaco. Una fría brisa barría las aceras de la ciudad y, en el número 32 de la calle de la Madeleine, el dolor era infinito. Allí, en un lecho que parecía más bien un altar de sufrimiento, el General Rafael Urdaneta, pilar de la independencia y alma venezolana, libraba su última y más cruel batalla.

El ambiente de la alcoba era de un profundo silencio, roto solo por el quejido ahogado del enfermo. Su hijo mayor, Rafael Guillermo, era el centinela incansable de aquella agonía. Sus ojos, dos pozos de vigilia y angustia, seguían cada movimiento de los galenos: Civiale, Valpeau, Marjolin, Chomel... Nombres que sonaban a promesas huecas ante la furia ciega de la enfermedad.

"Ni los esfuerzos desesperados de los médicos fueron suficientes para salvarle", pensaba el hijo con la amargura de un trago de hiel.

 La enfermedad, como bestia inclemente, ya había devorado el cuerpo del prócer. La irritación se había transfigurado en llama devoradora. Los riñones, que debían ser fuentes de vida, estaban deshechos, como arcilla bajo la tormenta. La vejiga era un mapa de daños irreparables. Los médicos se encogían de hombros, resignados; no podían hacer milagros. El destino había dictado ya su sentencia.

El día 21, se planteó una operación de emergencia, pero la razón se impuso: "sería martirizar a mi padre inútilmente". El bisturí no sería la salvación, sino un verdugo adelantado.

La madrugada del 22 trajo consigo el anuncio funesto. A las dos, una gran fatiga al pecho le cortó el aliento. Apresurado, el hijo llamó al Dr. Civiale. La respuesta fue un golpe seco, sin paliativos: "No duraría 24 horas más". El tiempo, antes un río lento, ahora se había vuelto una cascada desbordada.

Aquel día fue un vía crucis de dolor. El General, con una estoica resignación que solo los grandes espíritus conocen, orinaba gotas de sangre pura, un rosario carmesí de dolor que se repetía cada dos o tres minutos. Los dolores eran atroces, garras invisibles que desgarraban su fortaleza.

El tic-tac del reloj se arrastraba hasta la medianoche. A las doce y media, aquella danza macabra llegó a su fin. En un gesto postrero y humano, el prócer pidió agua. El hijo, con el corazón hecho migajas, acercó el vaso a aquellos labios resecos. Fue un trago interrumpido, un deseo a medio cumplir. Al contacto con el cristal del vaso, el General exhaló su último suspiro de vida. La paz, cual visitante largamente esperada, cubrió por fin su rostro. El General Urdaneta, el bravo de la independencia, se había ido.

Urdaneta, hasta en su lecho de muerte, demostró la fortaleza indomable que lo había convertido en héroe. Murió como vivió: resistiendo hasta el último aliento.

15 de agosto de 2025

El Juramento de Monte Sacro


En aquella tarde del 15 de agosto de 1805, en la ciudad de Roma, se respiraba un aire tibio, casi mágico. El sol, que ya descendía sobre las colinas, esparcía sus dorados rayos sobre las antiguas ruinas, donde el recuerdo de los siglos parecía hacerse voz otra vez. Simón Bolívar, joven criollo de mirada ardiente, caminaba entre cipreses con paso inquieto. A su lado, su maestro, amigo y consejero Simón Rodríguez, lo observaba en silencio, como quien contempla un fuego a punto de encenderse.

Roma estaba lejos de su América natal, pero para el joven Simón, aquel instante tenía el perfume de su tierra. Bolívar, con el corazón oprimido por la nostalgia, pensó en los montes siempre verdes de Caracas, en su extenso valle, en el rumor de las aguas del Guaire y en las casas de techos rojos de su infancia, donde su madre lo había cuidado con ternura, aunque la esclavitud y la injusticia pesaban sobre la gente humilde como una gran losa de granito.

Rodríguez le hablaba pausado, con esa serenidad que tienen los sabios:

—Mire, Simón, como el tiempo habla a través de estas piedras. Roma fue grande porque hombres libres creyeron en su destino.

Entonces Bolívar, con los ojos encendidos por una luz interior, apartándose, alzó el brazo hacia el horizonte. El cielo, ahora teñido de púrpura, parecía escucharle cuando declaró:
—¡Juro delante de usted, maestro, y de estas ruinas —dijo con voz vibrante—, que no daré descanso a mi alma ni reposo a mi brazo hasta romper las cadenas que oprimen a mi patria!
Aquella tarde, el Monte Sacro guardó silencio. Solo el viento respondió con un suave estremecimiento, llevando aquellas palabras hacia el futuro como semillas arrojadas al aire.
Esa noche, en la posada humilde donde descansaban, Rodríguez encendió una vela y escribió unas notas breves. Simón dormía, pero en su rostro se adivinaba el fuego de una idea que no se apagaba: la libertad. Afuera, Roma dormía también entre sombras y campanas lejanas; pero, en el corazón del joven caraqueño, despertaba para siempre el ideal de una nación libre.

Años después, aquel juramento, nacido entre piedras romanas, se convertiría en llama viva en los llanos y planicies tropicales de Suramérica con el fuego de un ideal verdadero.

13 de agosto de 2025

Al Amigo Alberto




Las calles polvorientas de Ocumare del Tuy, siempre calientes por el inclemente sol, aún conservan el eco de su nombre: el profesor Alberto Villegas. No es un eco cualquiera; es el murmullo de la gente adulta que lo quiere y el clamor alegre de los muchachos que le corresponden el amable saludo mañanero. Alberto nació en esta tierra, el 7 de agosto de 1957, una tierra donde el tiempo parece estirarse y hacer los días más largos.
     
Desde muy joven, Alberto sabía que su destino no era otro que el de sembrar amor y conocimiento en el fértil campo de los corazones de niños y jóvenes. Se convirtió en maestro en la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez y a partir de allí desarrolló su vocación de servicio y el placer de enseñar. Alberto es un obrero del saber, un caminante. De escuela en escuela ha marcado un sendero y dejado huella en cada rincón.

Su andar es pausado pero infatigable, un peregrino de la educación y de la cultura popular. Lo hemos visto en todas partes, en los pasillos de muchos colegios, compartiendo los gritos y las risas de los niños, mezclando la armonía de su cuatro con los cánticos de los pequeños, y sus manos guían el futuro de los proximos músicos y poetas del Tuy. El Complejo Cultural José Félix Rivas fue para él un puerto seguro, la casa que modeló su trabajo.

Pero fue en la Unidad Educativa Nacional Dr. Luis Razetti donde Alberto, con la paciencia de un artesano y la pasión de un poeta, cinceló sus mayores triunfos. Entró por la puerta de esa casa de estudios un 2 de noviembre de 2002, y desde ese día, su trabajo fue la brújula que guió a la institución hacia nuevos horizontes. La música se hizo presente de su mano, una melodía de esperanza que llevó a la escuela al primer lugar en el programa "El Agua es Vida" con una canción inédita, interpretada junto a Walter Pereira. La poesía también tuvo su espacio, y con Wilfredo Sánchez, el colegio se alzó triunfante en el programa "Alí va a la Escuela".

Para los ocumareños, Alberto Villegas representa más que un Cultor Popular de calidad y excelencia. Su nombre es sinónimo de compromiso, la nota de un cuatro bien afinado que cada niño, cada joven, cada madre y cada padre de Ocumare del Tuy recordamos con orgullo. Su legado no está escrito en un papel, sino en la mirada curiosa de un estudiante, en la sonrisa de un joven artista, en las manos de un músico que rasga las cuerdas del cuatro. Y así, con cada día que pasa, el profesor Alberto Villegas sigue sembrando, con la certeza de que su cosecha, aunque tardía, dará frutos buenos.

31 de julio de 2025

Una Aciaga Noche

Llovía sobre el puerto. Era una lluvia fría, menuda, terca, que calaba los huesos y las esperanzas por igual. El 31 de julio de 1812 amaneció con un cielo gris sobre La Guaira y el mar, como un presagio, tenía el color del plomo derretido.

En una habitación de la Casa de la Aduana, Francisco de Miranda velaba sus últimos suspiros de libertad. Setenta años arrastraba sobre sus espaldas, tres continentes bajo sus pies, y ahora la gloria se le escapaba como el agua entre los dedos. El Generalísimo —el hombre que había conocido a Catalina la Grande y conversado con Pitt, el héroe de Valmy, el Precursor— sentía ya en su propia piel el olor de la derrota. La Capitulación de San Mateo, firmada con el realista Monteverde, era un trago amargo pero necesario. Era el mal menor, la pausa forzosa para que la tierra no siguiera bebiendo más sangre inocente.

Abajo, en la oscuridad del muelle, un grupo de oficiales cuchicheaba. Entre ellos, un hombre joven de ojos febriles y verbo encendido temblaba; no de frío, sino de una ira que le nacía en las entrañas. Simón Bolívar, el rico mantuano de veintinueve años, sentía que la rabia se le metía por los poros como la llovizna. Para él, la capitulación no era un alto: era una traición. El terremoto de San Jerónimo había sido un castigo divino; las derrotas, una prueba. Pero rendirse cuando aún se podía sostener el fusil, eso no tenía perdón de Dios ni de los hombres.

Cuando la madrugada comenzó a hacerse más oscura, los pasos retumbaron en la escalera de madera. Bolívar entró al cuarto seguido de otros oficiales. Miranda levantó la mirada de sus papeles y, en sus ojos de viejo zorro curtido por mil batallas, debió de adivinarlo todo antes de que abrieran la boca.
—General —dijo Bolívar, y su voz sonó más áspera de lo que él hubiera querido—, usted ha entregado la República. No puede dormir en su casa ni en el suelo de los patriotas.

No hubo forcejeo. Solo un silencio denso como el guarapo de caña. Miranda, el hombre que había visto caer imperios mayores, permitió que le quitaran la espada. Se dejó llevar. Tal vez pensó que aquello era otra de las infinitas traiciones que ataban la vida de los hombres. Setenta años y tres continentes le habían enseñado que toda gloria termina por entregarse a su verdugo, antes o después. O quizás, en su fuero interno, supo que estaba siendo testigo del parto cruel de una nueva era: el discípulo que elimina al maestro para poder nacer.

Cuando lo llevaron escaleras abajo, hacia el calabozo donde luego lo esperaría la Carraca, la llovizna seguía cayendo. Limpiaba la sangre de las batallas pasadas y regaba la semilla de las futuras. Bolívar no lo miró a los ojos cuando se lo llevaron. Se quedó quieto, con la mano en la empuñadura de su espada, mirando el mar de plomo.

Y en esa madrugada, mientras Miranda era tragado por la noche del olvido y la prisión, la independencia americana se partió en dos: una herida que nunca terminaría de cicatrizar, el pecado original de la libertad, sellado con el nombre de un maestro entregado por su discípulo en el puerto húmedo y sombrío de La Guaira.

27 de julio de 2025

Rosa.


Finales del 78, el sol implacable caía sobre los techos de las casas de Quiripital, pueblo donde Rosa vivía. Rosa era una mujer de manos curtidas por el trabajo y ojos inquietos que guardaban historias secretas. Era sabia como son sabias las abuelas que predicen la lluvia por el dolor de los huesos, pero, inocente como las niñas que aún creen en los milagros de los ciruelos en flor. Trabajaba desde que el gallo rasgaba el alba con su canto, y sus pies descalzos conocían la tierra mejor que los surcos del maíz.  

—¡Rosa!— gritaban los niños cuando pasaba, porque ella siempre llevaba en el delantal caramelos de dulce de leche y cuentos de espantos.  

Pero también callaba. Callaba cuando el marido llegaba con el aliento espeso de aguardiente y los puños cerrados. Callaba cuando las vecinas murmuraban que "una mujer sola no es nadie". Sin embargo, en su silencio había tormentas y canciones.

Una mañana, mientras amasaba pan, una muchacha del pueblo, Lucía, llegó llorando porque su novio la había abandonado.  

—¿Y ahora qué será de mí?— preguntó la joven, con la voz quebrada.  

Rosa, sin dejar de trabajar, le respondió:  

—Mira, hijita: la mujer es como el río. A veces lleva aguas tranquilas y otras crecidas bravas, pero siempre llega al mar. Nos conformamos con nada, pero lo aguantamos todo. Somos dulces como la miel y saladas como las lágrimas.

 Y así era Rosa. Fuerte como el hierro cuando cargaba leña, suave como el viento cuando arrullaba a los enfermos. Orgullosa como una reina frente a los cobardes, humilde como la tierra cuando la vida la pisoteaba.  

Una tarde, el pueblo se incendió. Las llamas bailaban como diablos sueltos, devorando casas y recuerdos. Todos corrían despavoridos, pero Rosa se quedó. Con sus manos, sacó a los niños de la escuela, arrastró a los viejos que no podían caminar y, cuando ya no quedaba nadie, se derrumbó en el camino, agotada.  

—¿Por qué lo hizo, señora?— le preguntó el médico después, mientras le vendaba las quemaduras.  

Ella solo sonrió, con esa sonrisa que guardaba secretos de siglos, y dijo:  

—Porque soy mujer. Y la mujer es el amanecer que siempre vuelve, aunque la noche quiera apagarla.

Y el pueblo entendió entonces que Rosa no era solo una morena delgada y cansada. Era la luz de las madrugadas, la estrella fugaz que ilumina aunque sea un instante, el todo y la nada.

Porque la mujer, al fin y al cabo, es el universo entero contenido en una mirada.

24 de julio de 2025

El Niño Simón


En la mantuana ciudad de Caracas, bajo un cielo carmesí, el 24 de julio de 1783, nació el niño Simón, el menor de cuatro hermanos.

Donde la brisa jugueteaba con las trinitarias, crecía un pequeño de mirada inquieta y cabellos rebeldes. Sus pies, ágiles como gacelas, recorrían los corredores de la casona blanca que fue su hogar, como presagiando un destino de gloria para quien aún no sabía pronunciar su propio nombre.

Huérfano de padre antes de aprender a montar a caballo y de madre cuando apenas sus manos podían sostener un libro, el pequeño Simón quedó al cuidado de su abuelo, don Feliciano Palacios, un hombre de bigotes canosos y voz grave como un susurro de amor. La Negra Hipólita amamantó al pequeño tras la enfermedad de su madre y asumió completamente ese rol, al criar y guiarlo desde los 9 años. —Este niño lleva el fuego en la sangre— murmuraban las comadres detrás de sus coloridos abanicos, mientras Simón trepaba a los árboles del jardín, desafiando la gravedad y eludiendo el miedo.

Y aunque él prefería vivir con su hermana María Antonia, la vida, caprichosa como un riachuelo en abril, lo llevó a la casa de su tío Carlos, un hombre recto como columna de mármol, con una disciplina rígida y férrea como el acero. Allí, entre lecciones de latín y geometría, el joven aprendió mucho, entre las páginas de los libros y las enseñanzas de grandes maestros. Uno de los más destacados en su vida fue Fray Francisco de Andújar, base fundamental en su educación primaria. Además, tuvo contacto con otras figuras como el maestro Simón Rodríguez, quien influyó significativamente en su pensamiento y en su desarrollo intelectual, fomentando en Simón, no solo el aprendizaje académico, sino también el pensamiento crítico. Cuando estudiaba, los héroes de Roma y Grecia le susurraban al oído promesas de gloria.

Sin embargo, el corazón del joven no se conformaba con lo escrito en la página de los libros. Una noche de luna llena, cuando los grillos cantaban en la oscuridad, Simón soñó que las paredes de la casona se cerraban como una jaula con él adentro. Con un brinco que llevaba el peso de siglos, saltó de la cama por la ventana y huyó. Corrió por calles empedradas, sintiendo el viento acariciarle el rostro como una mano libre y tierna a la vez, mientras las estrellas en el cielo caraqueño titilaban, cómplices silenciosas de su rebeldía.

Al día siguiente, lo encontraron durmiendo bajo un samán, con los zapatos llenos de tierra y el alma llena de sueños de libertad. Su tío, entre el enojo y la admiración, comprendió que no estaba criando a un niño, sino a un huracán.

Así, entre lágrimas que se secaban al sol y risas que escapaban como pájaros, Simón Bolívar creció: con el dolor de la orfandad tallado en el pecho, pero con el fuego del futuro ardiendo en sus ojos. Porque en aquel niño que jugaba a ser héroe ya latía, silencioso pero implacable, el rugido de la libertad.

Y, sin saberlo, América toda comenzaba a esperar a su futuro Libertador.

10 de julio de 2025

Nevado


La neblina del páramo andino descendía hasta los frailejones como un suspiro blanco aquel 10 de junio de 1813. Las botas del Libertador marcaban el suelo frío de la Hacienda Moconoque. En pleno corazón de la Campaña Admirable, los Andes merideños recibían a Simón Bolívar con su aire punzante y un silencio custodiado por escarpadas montañas. Al intentar el paso hacia el refugio, un perro guardián, de pelaje espeso y porte regio —digno de las cumbres—, le cortó el camino con un ladrido que resonó como un trueno en la inmensidad. Don Vicente Pino, dueño de aquellas tierras, observó con asombro cómo aquel animal, fiero y protector, se rendía ante la presencia del hombre de la libertad.

Bolívar, seducido por la valentía del animal y por la extraña certeza de que ya lo conocía de otra vida, pidió a su dueño el privilegio de llevarlo consigo. El hacendado, con gesto generoso, no dudó en entregárselo; el perro, con su manto negro salpicado de manchas blancas como la escarcha de la Sierra Nevada, recibió al instante el nombre de Nevado.

Desde entonces, el fiel compañero se convirtió en la sombra del General. A su lado caminaba Tinjacá, un joven timotocuica que, con silbidos aprendidos bajo la tutela del Libertador, se convirtió en el cuidador inseparable de Nevado. Juntos desafiaron el frío de los Andes, las prisiones de Boves y la fatiga de mil caminos. Sin embargo, el destino tenía escrita una página sombría en los campos de Carabobo.

El 24 de junio de 1821, bajo el fragor de la batalla que sellaría nuestra independencia, una lanza enemiga alcanzó el corazón de Nevado. Tinjacá, en un desesperado intento por salvar a su amigo, cayó también herido de muerte. Antes de exhalar su último aliento, el joven miró a Bolívar con ojos llorosos y susurró: «Mi General, nos han matado al perro».

Más allá de los campos de batalla, Nevado dejó de ser solo un animal para convertirse en el custodio eterno de nuestra memoria colectiva. Su estirpe no se extinguió en Carabobo; sobrevive en el espíritu inquebrantable de quienes habitan estas tierras y en la lealtad absoluta que define, contra toda adversidad, la identidad venezolana. Nevado es hoy el latido constante que nos recuerda que la verdadera independencia no solo se gana con armas, sino con la entrega incondicional a una causa común, permaneciendo, al igual que aquel perro de los Andes, siempre al pie de la historia.

6 de julio de 2025

La Carreta del Calvario


     

En los Valles del Tuy, en noches de luna llena, los abuelos del pueblo cuentan con voz temblorosa, y los jóvenes escuchan con ojos abiertos y temerosos, la historia del carretón del diablo, una carreta maldita que atraviesa la noche como presagio de desgracia e infortunios, arrastrada por caballos negros y esqueléticos, cuyos cascos resuenan como truenos sobre la tierra reseca.

Los más viejos, relatan, que entre los postreros días de enero y los albores de marzo, un ronroneo misterioso rompe la quietud de las madrugadas ocumareñas. Es la carreta del diablo, dicen, una carreta espectral tirada por cuadrúpedos calavéricos, cuyos cascos resuenan con la melancolía del tiempo. En el Calvario, desde el sector La Curva de los Mereyes, como un viento fantasmal, se desliza por las calles polvorientas. Atraviesa, lo que una vez fue El Porvenir, ese camino donde hoy está la escuela Mercedes de Pérez, luego con un eco que se aferra a las paredes, desciende por las Dos Rosas, para finalmente desvanecerse en la Calle de la Cruz del Calvario. La carreta es puntual en su recorrido y si alguien osa asomarse para desentrañar el misterio solo encontrará el abrazo gélido del silencio y la tenebrosidad de la noche oscura.

Las ruedas del carretón crujen con un ruido desgarrador, como si el tiempo mismo se quejara de su paso. A veces, el vehículo aparece envuelto en llamas que no consumen, otras veces en una neblina espesa y fría que parece tejida con los quejidos de las almas en pena. Conducido por un ser de ojos ardientes como brasas, que guía el carruaje con manos huesudas en un gesto de eterna condenación.

En los pueblos del Tuy, cuando el sol se oculta y las sombras se alargan en la penumbra de la noche, los campesinos cierran las puertas de sus casas y rezan un Padre Nuestro. Saben que el carretón del diablo recorre los caminos solitarios y los cruces de montaña, donde el viento susurra canciones de lamento.

Su aparición es un augurio de calamidades, enfermedades que arrasan como incendios, muertes repentinas que dejan luto en las casas, o accidentes que rompen el hilo de la vida.

Dicen que el diablo, con su voz ronca como proveniente de un abismo, ofrece un “viaje” a los trasnochadores, a los hombres que vagan ebrios por las calles, a los perdidos en los vicios y el pecado. —Sube, les dice, y aquellos que aceptan desaparecen para siempre de este mundo, llevados al infierno en un viaje sin retorno. Otros, más afortunados, escapan con el alma en vilo, contando historias de ruedas que rechinan, de sombras que se mueven como seres vivos, de una presencia que les hiela la sangre.

El carretón aparece en las madrugadas, cuando el pueblo duerme y solo los débiles faroles parpadean como ojos cansados. Los accidentes inexplicables, los ruidos que no tienen origen, las sombras que se desvanecen al girar la esquina, todo se atribuye al paso del carretón maldito.

Los abuelos cuentan que en los tiempos de la colonia, estas tierras eran vastas haciendas de café y cacao, bulliciosas con el ajetreo de los peones. Y el peregrinar de la carreta, aseguran, no es otro que el eco de un arriero atrapado en el tiempo, una sombra errante que revive los funestos sucesos de la masacre de Ocumare en 1814. Las fechas de su aparición, misteriosamente, coinciden con ese fatídico momento. Para otros, el carretón es un castigo divino, una advertencia contra el vicio, la soberbia y la desobediencia. En las noches de luna llena, cuando el viento sopla con fuerza, siempre se oye a algún anciano de estos parajes, aconsejando a los muchachos: —“No salgan, esta noche el diablo anda suelto”.

Hay quienes creen que el carretón es más que una simple leyenda. Algunos hablan de un pacto fallido con Satanás, de un hombre que vendió su alma y ahora vaga eternamente por los caminos, condenado a pensar en su error eternamente.

En la cultura y tradición popular, el carretón del diablo es un símbolo de la riqueza narrativa venezolana, un puente entre el misterio rural y los temores humanos.

Más allá del terror, la leyenda encarna lecciones sobre ética y comunidad. Es un espejo que refleja los miedos y los valores de un pueblo, un recordatorio de que las acciones tienen consecuencias, de que la noche esconde secretos que es mejor no descubrir.

Y así, en los Valles del Tuy, donde los cerros se pierden en el horizonte y los caminos se entrelazan como hilos de un tapiz, el carretón del diablo sigue deambulando, llevando consigo historias de miedo, y arrepentimiento. Porque en cada relato, en cada susurro, en cada mirada furtiva hacia la oscuridad, la tradición oral se mantiene viva, como un fuego que nunca se apaga.

5 de julio de 2025

La Firma que nos Hizo Libres


Aquel 5 de julio de 1811, Caracas ardía bajo un sol implacable que cuarteaba el barro de los techos. Ese día se sentía un calor distinto, que crepitaba en las esquinas y encendía los ojos de los mantuanos y del común de la gente. Un muchacho, con la camisa desabrochada y el pecho palpitante, se detuvo en la boca de la calle que bajaba hacia la Plaza Mayor. Desde allí, el viento le trajo retazos de la tormenta que se agitaba en la Casa del Congreso: se oían voces encendidas, puños que golpeaban mesas de caoba y un rumor cómo de abejas dentro del panal de la patria.

Adentro, en la penumbra solemne del recinto, dónde la historia aguantaba la respiración, los diputados de las siete provincias —Cumaná, Barinas, Margarita, Barcelona, Mérida, Trujillo y Caracas— se miraban como en un duelo a muerte. Juan Germán Roscio, con la pluma lista para una estocada, aguardaba. A su lado, Francisco Isnardi repasaba mentalmente cada cláusula de un documento que aún olía a tinta fresca y a ambición. Pero en las bancas, las opiniones chocaban: unos hablaban de prudencia, de esperar, de no irritar al león dormido de España; otros, los más jóvenes de la Sociedad Patriótica, ardían de impaciencia. Afuera, en la calle, se sentía el eco de sus arengas, ese rumor sordo de un pueblo que ya no pedía, sino que exigía.

El padre Maya, diputado por La Grita, apretaba los labios con una oración silenciosa en medio del bullicio; su conciencia pesaba más que la sotana. Los demás, en cambio, se fueron encendiendo como antorchas. La palabra "libertad" iba de boca en boca: se pegaba a las paredes, se colaba por las rendijas y salía a la calle, donde la multitud la atrapó y la hizo suya. El muchacho rebelde, desde su puesto, la oyó crecer y la sintió vibrar en su corazón, en el empedrado, bajo sus alpargatas.

Cuando al fin la declaración fue aprobada, el presidente del Congreso, con una voz que parecía brotar de las entrañas mismas de la historia, invocó el nombre de Dios Todopoderoso para sellar el acto. Un silencio súbito y enorme cayó sobre la ciudad. Fue solo un instante; un instante en que todos contuvieron el aliento. Luego, como un trueno que rompe las nubes después de mucha espera, el grito estalló. No fue uno, fueron miles. Hombres, mujeres, niños, negros, indios y pardos, todos con la misma voz desgarrada: —¡Viva la patria!

Las campanas de todas las iglesias echaron al vuelo sus repiques. Los cañones del cuartel saludaron con su ronca voz. Y el pueblo —ese pueblo que había esperado en las puertas del Congreso, que había mascullado su rabia durante trescientos años— se desbordó por las calles como un río crecido. Hubo abrazos, lágrimas y sombreros lanzados al aire. La gente se asomaba a los balcones con banderas improvisadas: sábanas blancas atadas con cintas amarillas y rojas. Las mulatas, desde las ventanas, arrojaban flores y versos espontáneos de coplas que nacían en ese momento.

Esa noche, Caracas no durmió. No hubo rincón donde no se brindara con ron de caña o con mistela. Se bailó tambor en La Candelaria y minué en las salas de los mantuanos. Pero en una casita de adobe al pie del Ávila, una abuela sentó a su lado a aquel muchacho, el mismo que había corrido todo el día tras las noticias. La mujer, que aún recordaba el rigor de los amos y el filo del látigo, lo miró a los ojos con una mezcla de asombro y antigua cautela.

—¿Y ahora, mi niño? —preguntó con voz pausada—. ¿Ya somos libres?

El muchacho, con el pecho inflado por lo que había visto y oído, quiso responder que sí, que lo habían dicho los señores del Congreso, que lo decían las campanas. Pero la palabra se le atoró en la garganta. Bajó la mirada, sin respuesta. La abuela suspiró, lo apretó contra su pecho y, por lo bajo, mientras las campanas seguían doblando, musitó una oración aprendida de sus mayores, mucho antes de que nadie hablara de repúblicas e independencias. Afuera, la noche de julio era una promesa inmensa y, al mismo tiempo, un camino sembrado de espinas. La patria acababa de nacer, pero, como todo recién nacido, lloraba en la oscuridad sin saber aún si lograría mantenerse en pie.

24 de junio de 2025

La Sabana de Carabobo: Un Amanecer de Gloria


En el vientre silencioso de la sabana de Carabobo, el 24 de junio de 1821, la noche exhalaba sus últimos suspiros. Aquel, no era un amanecer cualquiera; era el augurio de un destino forjado en sangre y libertad. La brisa antes cómplice de la oscuridad, ahora susurraba el nombre de Venezuela. 

El Mariscal de Campo Miguel de La Torre, con la soberbia de quien se cree invencible, atrincherado en su bastión de hierro y convicción firme, sentía el pulso de sus batallones realistas latir con una confianza ciega, esperando el embate.

Pero El Libertador, Simón Bolívar, alma y nervio de la gesta, no era hombre de estrategias predecibles. Sus ojos, de águila en el alba, desnudaron la falsa fortaleza enemiga. Su genio, un torrente indomable, desbordaba los límites de lo esperado. —¡Por la izquierda!— Un grito de trueno que no solo se escuchó, sino que se sintió en el alma de los patriotas, quienes cambiaron su curso con ferocidad inaudita. Páez, un centauro, desató la furia llanera encarnada en él; junto con Cedeño, un roble milenario, inamovible y letal; ambos se lanzaron como flechas ardientes al flanco descubierto del adversario. Mientras, Plaza, con la resolución de una avalancha, avanzaba inexorable hacia el corazón de la contienda.

La Torre, observando con horror cómo su inexpugnable muro se resquebrajaba, lanzó a sus valientes —el Príncipe, el Barbastro, el Infante— en un último y desesperado intento. Por un instante, la línea se sostuvo, un aliento efímero antes del colapso. La caballería patriota, cual marea indetenible, irrumpía desde el norte de la sabana, arrastrando consigo la esperanza. El regimiento Húsares de Fernando VII, con sus carabinas escupiendo fuego, solo pudo ofrecer una retirada deshonrosa. Finalmente, los Lanceros del Rey, con el miedo tatuado en el pecho, desobedecieron la orden de resistir, abandonando a su comandante a su fatídico destino, huyendo del campo y disolviéndose en el polvo de la derrota.

Entre la vanguardia gloriosa de la caballería patriota, una figura se erigía, sangrando, inmortal: Pedro Camejo, el "Negro Primero". Herido de muerte, con la vida desangrándose, cabalgó de regreso hacia el General José Antonio Páez y, con voz que era ya un eco del viento, pronunció su epitafio eterno: "Mi general, vengo a decirle adiós porque estoy muerto." Su sacrificio, y el de tantos otros héroes anónimos y gloriosos, fue el cimiento de la libertad, la sangre que regó ese día la sabana.

La batalla de Carabobo culminó, no con un simple grito, sino con un bramido de victoria que resonó en cada rincón del alma venezolana. Los patriotas, encendidos por la llama de la libertad, persiguieron al ejército español hasta el cuartel realista, sin tregua ni descanso. Carabobo, antes testigo de batallas y sacrificios, ahora exhibía el latir de una nación libre. El ejército realista, maltrecho, descompuesto, buscó refugio en Puerto Cabello, dejando atrás no solo la resistencia, sino el último vestigio de un imperio que ya se veía desvanecer ante el amanecer imparable de la independencia.

15 de junio de 2025

La Voz de Bolívar


Aquel 15 de junio de 1813, durante la Campaña Admirable, el sol se mecía indeciso sobre el cielo trujillano. Un aire denso, con olor a pólvora vieja y desazón, cubría la pequeña villa andina. Los campesinos, curtidos como cuero de ganado, con sus alpargatas de cáñamo gastado, dejaron la faena en los conucos para apilonarse en la plaza, corazón de piedra silencioso del poblado. Las mujeres, con sus faldas floreadas y pañoletas oscuras, se santiguaban con murmullos de rezos antiguos. Había en cada rostro surcos de labranza y desvelo, como la historia de la patria misma: tierra sufrida esperando la semilla de la libertad.

El general Simón Bolívar subió al entablado de la plaza. Su figura, pequeña pero segura, parecía hacerse gigante a medida que era tocada por el sol ceniciento. El silencio era tan espeso que se podía oír la respiración de la multitud, llena de miedo y de esperanza.

Entonces, rompiendo el aire con un estampido seco, la voz de Bolívar se alzó, afilada como una espada en el campo de batalla. Aquello no era un sermón, sino el grito de un volcán que por fin hacía erupción:
—"¡Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de Venezuela! ¡Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables!"
Por un instante que pareció eterno, Trujillo contuvo el aliento, asimilando la terrible elección: vida o muerte, sin términos medios, sin lugar para la tibieza.

El decreto fue rayo y trueno en la quietud colonial. Fue la derogación de la indiferencia. El rostro de la gente se tensó, pero sus ojos brillaron: aquello no era solo el anuncio de la guerra, era un bautismo de sangre, la personificación de una nación naciendo, costara lo que costara. El pueblo supo, como todos allí, que el guarapo dulce se había tornado amargo, y que solo el fuego de la lucha limpiaría la ceniza de la opresión. Trujillo dejó de ser un pueblo para ser un símbolo: el lugar donde la vida y la muerte firmaron un terrible acuerdo por la Independencia de nuestra Patria.

13 de junio de 2025

Un Canto al Amanecer de Cipriano.



En El Manguito, parroquia La Democracia donde el sol se asoma tímido entre las montañas y el rocío de la mañana besa la tierra como un amante fiel, nació Cipriano Alberto Moreno en el año 1935. El Distrito Tomás Lander, con sus pueblos y caseríos de calles de tierra y casas de bahareque, fue testigo de sus primeros pasos, de sus risas infantiles y de los acordes iniciales del cuatro. Cipriano, como el río que atraviesa el valle, llevajba en su alma la melodía del joropo y la décima, ritmos que fluyen entre las venas de los tuyeros como la savia en los árboles.

Cipriano no solo fue un docente que sembró semillas de conocimiento en las mentes ávidas de los niños de Río de Piedras, sino que también fue un cultor popular, creando trabajos y arreglos que hacía para los amaneceres y velorios de cruz como un canto a la vida, a la tierra y al amor. Su famosa composición, "Canto al Amanecer Tuyero", es un poema tejido con hilos de nostalgia y esperanza, donde las metáforas danzan al compás del cuatro, arpa y maracas. Cada verso es un suspiro y cada estrofa, un abrazo a la tierra que lo vio nacer.

Pero no solo la música y la literatura definieron el andar de Cipriano. En Río de Piedras, ese pueblo donde el tiempo parece detenerse y las piedras del río murmuran historias antiguas, conoció a una mujer cuyo nombre era como una melodía en sus labios: Cristina. Ella, de mirada dulce y serena y un corazón firme, era como una ceiba sólida ante los vientos, con ideas tan profundas como las raíces de los árboles que custodiaban el pueblo. Su amor no fue efímero como la brisa que acaricia los campos al atardecer, sino eterno y puro, como el agua que brota de los manantiales.

Cristina moldeó el carácter de Cipriano con la delicadeza de un alfarero que trabaja el barro. Le enseñó que el amor no es solo un sentimiento, sino un compromiso, una promesa que se renueva cada día con miradas y silencios. Bajo su influencia, Cipriano se convirtió en un hombre de palabra firme y corazón noble, cuya poesía no solo celebraba la belleza del amanecer, sino también la fortaleza de un amor que resistía el paso del tiempo

Las tardes en Río de Piedras eran un lienzo pintado con los colores de los atardeceres. Cipriano y Cristina paseaban por la orilla del río, donde las piedras pulidas por el agua brillaban como diamantes bajo la luz del sol. Él le declamaba hermosos poemas al oído, y ella sonreía, mientras el viento llevaba sus versos hacia los cerros, como si quisiera compartir su felicidad con todo el caserío. El río, testigo mudo de sus encuentros, murmuraba su aprobación con un suave rumor que se mezclaba con el trinar de gonzalitos y arrendajos.

El tiempo pasó, pero el amor de Cipriano y Cristina no envejeció. Como las montañas que custodian el valle, su cariño permaneció firme e inquebrantable. Y aunque Cipriano dejó este mundo, su canto sigue vivo en el amanecer tuyero, en el susurro cantarino del río y en el corazón de aquellos que aún recuerdan al hombre que ofrendó a la vida, un hermoso amanecer.

Así, en el Valle del Tuy, donde el sol sigue asomándose tímido entre las montañas, y con el canto del gallo llegan los claros del día, el legado de Cipriano Alberto Moreno perdura como un canto eterno al amor, a la tierra y al amanecer tuyero.

El Centauro de los Llanos


El 13 de junio de 1790, bajo el intenso sol que calcina las sabanas de Curpa, allá en lo profundo del estado Portuguesa, nació el catire Páez, quien cabalgaría sobre el lomo de la historia venezolana. José Antonio Páez, el «León de Payara», no fue solo un hombre; fue el eco de un galope infinito que retumbó desde los esteros de Apure hasta las cortes de la vieja Europa.

Su temple no se forjó en cunas de seda, sino bajo el rigor inclemente de Manuelote, el implacable mayordomo del hato La Calzada. Allí, entre el olor a bosta y el rugir del ganado, el joven Páez aprendió que la vida se domina a pulso. Se curtió la piel y el alma, convirtiéndose en el «Taita» de una horda de centauros que veían en él no a un jefe, sino a un padre de hierro y coraje.

El río Apure, testigo mudo de mil batallas, aún parece arrastrar el eco de aquel grito legendario: «¡Vuelvan caras!». Eran apenas ciento cincuenta lanceros, hombres «pata en el suelo», con la piel quemada por el salitre del sudor y el polvo del camino. Frente a ellos, el mariscal Pablo Morillo desplegaba la soberbia de seis mil bayonetas realistas, uniformes de gala y tácticas de academia militar.

Pero la estrategia del León de Payara era de puro ingenio. En aquel campo ardiente donde el aire batía con furia, Páez fingió la retirada para luego, con un giro del destino, lanzarse como un rayo ante el asombro español. Solo dos bajas lloró el llano aquella tarde, mientras Morillo, humillado por la astucia del catire, escribía más tarde al rey Fernando VII:

> «Dadme un José Antonio Páez, majestad, y mil lanceros del Apure, y pondré a Europa a vuestros pies».

Había en el general una sombra misteriosa: la epilepsia. En ocasiones, el «Libertador del Apure» solía caer presa de ataques que atemorizaban a su tropa. Sin embargo, como si se tratara de un rito sagrado, Páez emergía de aquellas convulsiones con una fuerza sobrehumana, como si los dioses del llano le insuflaran un vigor invencible.

Aquella furia solo conoció la tristeza el 24 de junio en la sabana de Carabobo, cuando vio caer al más fiel de sus guerreros, Pedro Camejo. El «Negro Primero» se despedía de la vida mientras el Taita consolidaba la libertad de una República que gobernaría, con mano firme y constitucional, en tres ocasiones.

La vida de Páez fue un puente tendido entre la barbarie y el refinamiento. Aquel joven que en Guama apenas dibujaba garabatos bajo la mirada de su maestra, se transformó, por voluntad y constancia, en un hombre de luces. En Valencia, bajo el ala amorosa de Barbarita Nieves, una mujer culta que introdujo la sofisticación en la vida del caudillo, Páez suavizó sus modales de guerrero, y decidió cambiar la lanza por el violonchelo y los libros.

El catire Páez no solo rugía en el campo de batalla; también cantaba ópera y organizaba fandangos donde el joropo se zapateaba con la misma pasión con la que se cargaba contra el enemigo. Incluso en el amargo destierro de Buenos Aires su pluma no descansó: compuso canciones para los niños, dejando partituras de ternura donde antes había rastros de sangre.

Así fue Páez: el hombre que nació entre leyendas de sabana, se hizo gigante entre las lanzas y terminó sus días como un caballero de mundo, demostrando que el verdadero valor no reside solo en vencer al enemigo, sino en la capacidad de cultivar el espíritu tras haber conquistado la libertad.

20 de mayo de 2025

Mauricio, el Encanto.




En los Valles del Tuy, donde los ríos cuentan sus secretos al viento, existe una leyenda que ha tejido un hilo dorado en la memoria de los tuyeros. Es una historia que huele a tierra mojada, a café recién colado y a flores de clavellina. Es la leyenda de Mauricio, el Guardián de la Cueva del Peñón, una historia que se balancea entre la realidad y el misterio, como los cuentos narrados por el abuelo en las serenas noches de mi pueblo.

Hace más de siglo y medio, cuando el tiempo aún caminaba despacio y las noches eran un oscuro terciopelo, nació Mauricio. Su llegada al mundo no fue como la de cualquier niño. Aquella noche, llovió con tanta fuerza que los ríos crecieron, las quebradas rugieron como bestias y los árboles se inclinaron en reverencia. Los animales, en un coro silencioso, rodearon la humilde vivienda donde yacía su madre, una mujer de sangre quiriquire, mientras el viento susurraba melodías ancestrales. Era como si la naturaleza entera hubiera decidido dar la bienvenida a aquel niño, hijo de un realista perdido y confundido en sus ideales y de una mujer que llevaba en sus venas la savia de la tierra.

Mauricio creció entre el murmullo de los montes y el arrullo de las aguas. Era un niño distinto, con ojos que parecían espejos. Mientras otros jugaban, él se perdía en los parajes vegetales de la montaña, donde los jaguares lo miraban sin atreverse a tocarlo y las mapanares y cascabeles se deslizaban a su lado como si fueran sus guardianes. Su madre, con el corazón apretado de preocupación, le rogaba que no se alejara tanto. Pero Mauricio solo sonreía y le contaba cómo la señora del Pozo del Guásimo lo guiaba por galerías secretas que conectaban las montañas. —“Soy el puente entre el hombre y la naturaleza”, le decía, pero sus palabras eran como semillas que caían en tierra árida, pues nadie las comprendía.

Un día, el destino lo llevó al pueblo de Ocumare. Bajó con un encargo de la señora del Pozo del Guásimo, pero su presencia despertó sospechas. Los policías, con miradas recelosas y manos ásperas, lo detuvieron. “¿Quién eres?”, le preguntaron, pero Mauricio no llevaba identificación. Lo amarraron como a un criminal y lo llevaron ante el jefe de la policía, un hombre de bigote grueso y risa burlona. “Podría ser un guerrillero”, murmuraron entre dientes. Mauricio, con la serenidad de quien conoce los secretos del viento, les advirtió: “Si no me sueltan, habrá un diluvio”.

El jefe de policía soltó una carcajada que resonó como un trueno falso. "¡Un diluvio en pleno verano y en Ocumare!”, dijo entre risas. Pero esa misma noche, mientras el pueblo dormía bajo un cielo estrellado, las nubes se agolparon de repente, como un ejército silencioso. A la medianoche, comenzó a llover. No era una lluvia cualquiera, sino un torrente que parecía salido de las entrañas mismas de la tierra. Los ríos Súcuta y Marare se desbordaron, y el mismo Tuy se desbordó también. Las calles se convirtieron en corrientes de agua y lodo, y la jefatura de policía se anegó completamente. La gente, asustada, corrió a refugiarse en las colinas. Solo entonces comprendieron que aquel joven no era un hombre común.

El cura del pueblo, con su sotana empapada, fue a pedir la liberación de Mauricio. Al llegar, encontraron al jefe de policía, pálido y tembloroso, quien ya lo había soltado. En cuanto Mauricio pisó la calle, la lluvia cesó. El cielo azul se abrió como un telón, y un sol radiante iluminó Ocumare. Mauricio no dijo una palabra. Simplemente se internó de nuevo en los montes, donde las sombras lo recibieron como a un viejo amigo.

Desde entonces, se convirtió en el Guardián de la Cueva del Peñón, un protector de la naturaleza que castiga a quienes la dañan. Los tuyeros cuentan que aún lo ven, con su sombrero de alas anchas, su liquiliqui impecable y sus alpargatas gastadas. Se pasea por el terminal de Ocumare, comprando tabaco y aguardiente, pero nadie se atreve a aceptar nada de él. Dicen que, si lo haces, podrías ser el próximo en tomar su lugar, convirtiéndote en el nuevo guardián de aquella montaña majestuosa que vigila los Valles del Tuy.
La leyenda de Mauricio sigue viva, como un susurro que viaja de generación en generación, recordándoles a los tuyeros que la naturaleza tiene un alma, y que hay quienes la protegen desde las sombras, donde el tiempo no llega y la magia nunca muere.

¡Me Quitaron mi pea!



El sol ya declinaba sobre  el pueblo, tiñendo el cielo de tonos  naranjas y violetas, cuando la puerta de la Sala de Emergencias se abrió repentinamente. Un grupo de jóvenes estudiantes de pregrado escoltaba a José, cuyo cuerpo se tambaleaba entre ellos como un junco azotado por el viento. El hedor dulzón y agrio del alcohol, flotaba en el aire, mareando incluso a los jóvenes, casi médicos, que lo recibieron con un profesionalismo obligado.

Cuando llegué, imbuido de la autoridad que otorga el conocimiento adquirido de años de servicio,  mi verbo se desató en términos clínicos, explicando con vehemencia protagónica los intrincados caminos del etanol en el organismo, la danza siniestra de los radicales libres, la cascada de desequilibrios que asolaban el cuerpo de José.

—Ya verán —sentencié a los bachilleres, con la certeza de quien cree dominar las leyes de la biología— cómo doblegaremos la embriaguez, cómo expulsaremos al intruso tóxico.

Mi voz resonaba en la sala, cortante y segura, mientras dictaba a la enfermera las indicaciones precisas, los antídotos químicos para borrar, al menos momentáneamente, el sufrimiento visible.

Horas después, la quietud reinaba en la sala. Antes de convocar a los internos para la revista médica y continuar con mi labor pedagógica, me acerqué a la camilla donde José permanecía. Estaba sentado, la espalda encorvada, la mirada fija en las baldosas grises, parecía ausente.

—¿Cómo te sientes, José? —pregunté, con un tono que buscaba ser amable, quizás con un apice de la curiosidad clínica que me caracterizaba.

Su cabeza se levantó lentamente, los ojos enrojecidos e inyectados en una tristeza profunda me escrutaron con una mezcla de incredulidad y amargura.

—¿Y cómo me voy a sentir, Doctor?… ¡Me quitaron mi pea! —exclamó, con una voz ronca, cargada de un reproche sordo.

Un silencio denso se instaló entre nosotros, solo interrumpido por el leve goteo de un suero en la sala contigua. Luego, José continuó, con su mirada perdida de nuevo en el suelo:

—Mire, Doctor, yo trabajo duro, de lunes a viernes, apretando tuercas en el taller. Mis manos… —levantó sus manos callosas, mostrando las cicatrices  de su esfuerzo diario, — mis manos no conocen el descanso. Mi mamá está enferma, postrada en cama, y yo soy el único que la mantiene, el único clavo al que se agarra.

 Su voz se quebró ligeramente antes de retomar el hilo de su dolorosa letanía.

—Mi mujer se fue… se fue porque a mi muchachito, lo mató un malandro. Ella… ella me echó la culpa, como si yo hubiera podido evitar esa desgracia. La rabia me consumía, Doctor, y le caí a «coñazos» a otro malandro, un animal igual al que me arrebató a mi hijo. Por eso me llevaron preso. Cuando salí… cuando salí, ya me habían robado todo en el rancho. Se habían llevado hasta los recuerdos.

El silencio volvió a caer, esta vez más pesado, cargado de la injusticia cruda de su relato. Yo, que había llegado con mis esquemas y mis protocolos, sentía cómo la frialdad de la ciencia se derretía ante la magnitud del sufrimiento humano. Pensé en lo fácil que era, en ocasiones, reducir un ser humano a un conjunto de síntomas, diagnosticar una enfermedad sin ver la trama compleja de su existencia. En realidad, el diagnóstico urgente no era el suyo, sino el de una sociedad enferma, de instituciones que fallaban, de una conciencia colectiva adormecida ante el dolor ajeno.

José suspiró profundamente y prosiguió... Su voz, era ahora un murmullo sombrío:

—A veces, cuando camino por la calle, veo una mujer bonita y me da una rabia… una rabia que me quema por dentro, porque sé que yo no puedo ofrecerle nada. Veo un policía con su uniforme y su pistola, y la rabia es peor, porque ellos no ven el sufrimiento de uno, solo ven al borracho. Veo un niño jugando y la rabia me aprieta el pecho, porque mi niño… mi niño ya no juega. Y si un perro se me cruza, Doctor… le juro que a veces no me aguanto y le suelto una patada.

Bajó aún más la voz, casi un susurro, y su mirada se detuvo en sus propias manos, como si ellas fueran las culpables de sus oscuros pensamientos.

—A veces… a veces me dan ganas de matar… ¡Sí, de matar!… —la confesión cruda flotó en el aire, cargada de desesperación.

¿Qué podía decirle yo, con mis tratados de fisiología y mis recetas médicas? Mis palabras parecían huecas, insuficientes ante la magnitud de su quebranto. La ciencia, tan precisa para descifrar los misterios del cuerpo, se mostraba impotente ante las heridas del alma.

En un impulso torpe, casi avergonzado, rebusqué en mi bolsillo y saqué un billete arrugado. Se lo ofrecí con la mirada baja, sintiendo la incongruencia de mi gesto.

—Coño, viejo… perdóname… —murmuré, la disculpa brotó sincera con una comprensión tardía. —Anda… vete… y trata de agarrar tu pea otra vez.

El billete quedó en su mano como una limosna insignificante ante el océano de su dolor. José me miró con una mezcla de sorpresa y resignación, quizás entendiendo que en ese momento, mi humanidad, aunque tardía y torpe, era lo único que podía ofrecerle. (Adaptado de "Crónicas Oscuras de un Hospital Venezolano" de los Dres. Pedro Lizardo y Arnaldo Sánchez).