Gracias por tu visita
26 de agosto de 2025
Una sola espada
23 de agosto de 2025
El Último Suspiro del General Urdaneta
El ambiente de la alcoba era de un profundo silencio, roto solo por el quejido ahogado del enfermo. Su hijo mayor, Rafael Guillermo, era el centinela incansable de aquella agonía. Sus ojos, dos pozos de vigilia y angustia, seguían cada movimiento de los galenos: Civiale, Valpeau, Marjolin, Chomel... Nombres que sonaban a promesas huecas ante la furia ciega de la enfermedad.
"Ni los esfuerzos desesperados de los médicos fueron suficientes para salvarle", pensaba el hijo con la amargura de un trago de hiel.
La enfermedad, como bestia inclemente, ya había devorado el cuerpo del prócer. La irritación se había transfigurado en llama devoradora. Los riñones, que debían ser fuentes de vida, estaban deshechos, como arcilla bajo la tormenta. La vejiga era un mapa de daños irreparables. Los médicos se encogían de hombros, resignados; no podían hacer milagros. El destino había dictado ya su sentencia.
El día 21, se planteó una operación de emergencia, pero la razón se impuso: "sería martirizar a mi padre inútilmente". El bisturí no sería la salvación, sino un verdugo adelantado.
La madrugada del 22 trajo consigo el anuncio funesto. A las dos, una gran fatiga al pecho le cortó el aliento. Apresurado, el hijo llamó al Dr. Civiale. La respuesta fue un golpe seco, sin paliativos: "No duraría 24 horas más". El tiempo, antes un río lento, ahora se había vuelto una cascada desbordada.
Aquel día fue un vía crucis de dolor. El General, con una estoica resignación que solo los grandes espíritus conocen, orinaba gotas de sangre pura, un rosario carmesí de dolor que se repetía cada dos o tres minutos. Los dolores eran atroces, garras invisibles que desgarraban su fortaleza.
El tic-tac del reloj se arrastraba hasta la medianoche. A las doce y media, aquella danza macabra llegó a su fin. En un gesto postrero y humano, el prócer pidió agua. El hijo, con el corazón hecho migajas, acercó el vaso a aquellos labios resecos. Fue un trago interrumpido, un deseo a medio cumplir. Al contacto con el cristal del vaso, el General exhaló su último suspiro de vida. La paz, cual visitante largamente esperada, cubrió por fin su rostro. El General Urdaneta, el bravo de la independencia, se había ido.
Urdaneta, hasta en su lecho de muerte, demostró la fortaleza indomable que lo había convertido en héroe. Murió como vivió: resistiendo hasta el último aliento.
15 de agosto de 2025
El Juramento de Monte Sacro
En aquella tarde del 15 de agosto de 1805, en la ciudad de Roma, se respiraba un aire tibio, casi mágico. El sol, que ya descendía sobre las colinas, esparcía sus dorados rayos sobre las antiguas ruinas, donde el recuerdo de los siglos parecía hacerse voz otra vez. Simón Bolívar, joven criollo de mirada ardiente, caminaba entre cipreses con paso inquieto. A su lado, su maestro, amigo y consejero Simón Rodríguez, lo observaba en silencio, como quien contempla un fuego a punto de encenderse.
Roma estaba lejos de su América natal, pero para el joven Simón, aquel instante tenía el perfume de su tierra. Bolívar, con el corazón oprimido por la nostalgia, pensó en los montes siempre verdes de Caracas, en su extenso valle, en el rumor de las aguas del Guaire y en las casas de techos rojos de su infancia, donde su madre lo había cuidado con ternura, aunque la esclavitud y la injusticia pesaban sobre la gente humilde como una gran losa de granito.
Rodríguez le hablaba pausado, con esa serenidad que tienen los sabios:
—Mire, Simón, como el tiempo habla a través de estas piedras. Roma fue grande porque hombres libres creyeron en su destino.
Entonces Bolívar, con los ojos encendidos por una luz interior, apartándose, alzó el brazo hacia el horizonte. El cielo, ahora teñido de púrpura, parecía escucharle cuando declaró:
—¡Juro delante de usted, maestro, y de estas ruinas —dijo con voz vibrante—, que no daré descanso a mi alma ni reposo a mi brazo hasta romper las cadenas que oprimen a mi patria!
Aquella tarde, el Monte Sacro guardó silencio. Solo el viento respondió con un suave estremecimiento, llevando aquellas palabras hacia el futuro como semillas arrojadas al aire.
Esa noche, en la posada humilde donde descansaban, Rodríguez encendió una vela y escribió unas notas breves. Simón dormía, pero en su rostro se adivinaba el fuego de una idea que no se apagaba: la libertad. Afuera, Roma dormía también entre sombras y campanas lejanas; pero, en el corazón del joven caraqueño, despertaba para siempre el ideal de una nación libre.
Años después, aquel juramento, nacido entre piedras romanas, se convertiría en llama viva en los llanos y planicies tropicales de Suramérica con el fuego de un ideal verdadero.
13 de agosto de 2025
Al Amigo Alberto
31 de julio de 2025
Una Aciaga Noche
Llovía sobre el puerto. Era una lluvia fría, menuda, terca, que calaba los huesos y las esperanzas por igual. El 31 de julio de 1812 amaneció con un cielo gris sobre La Guaira y el mar, como un presagio, tenía el color del plomo derretido.
En una habitación de la Casa de la Aduana, Francisco de Miranda velaba sus últimos suspiros de libertad. Setenta años arrastraba sobre sus espaldas, tres continentes bajo sus pies, y ahora la gloria se le escapaba como el agua entre los dedos. El Generalísimo —el hombre que había conocido a Catalina la Grande y conversado con Pitt, el héroe de Valmy, el Precursor— sentía ya en su propia piel el olor de la derrota. La Capitulación de San Mateo, firmada con el realista Monteverde, era un trago amargo pero necesario. Era el mal menor, la pausa forzosa para que la tierra no siguiera bebiendo más sangre inocente.
Abajo, en la oscuridad del muelle, un grupo de oficiales cuchicheaba. Entre ellos, un hombre joven de ojos febriles y verbo encendido temblaba; no de frío, sino de una ira que le nacía en las entrañas. Simón Bolívar, el rico mantuano de veintinueve años, sentía que la rabia se le metía por los poros como la llovizna. Para él, la capitulación no era un alto: era una traición. El terremoto de San Jerónimo había sido un castigo divino; las derrotas, una prueba. Pero rendirse cuando aún se podía sostener el fusil, eso no tenía perdón de Dios ni de los hombres.
Cuando la madrugada comenzó a hacerse más oscura, los pasos retumbaron en la escalera de madera. Bolívar entró al cuarto seguido de otros oficiales. Miranda levantó la mirada de sus papeles y, en sus ojos de viejo zorro curtido por mil batallas, debió de adivinarlo todo antes de que abrieran la boca.
—General —dijo Bolívar, y su voz sonó más áspera de lo que él hubiera querido—, usted ha entregado la República. No puede dormir en su casa ni en el suelo de los patriotas.
No hubo forcejeo. Solo un silencio denso como el guarapo de caña. Miranda, el hombre que había visto caer imperios mayores, permitió que le quitaran la espada. Se dejó llevar. Tal vez pensó que aquello era otra de las infinitas traiciones que ataban la vida de los hombres. Setenta años y tres continentes le habían enseñado que toda gloria termina por entregarse a su verdugo, antes o después. O quizás, en su fuero interno, supo que estaba siendo testigo del parto cruel de una nueva era: el discípulo que elimina al maestro para poder nacer.
Cuando lo llevaron escaleras abajo, hacia el calabozo donde luego lo esperaría la Carraca, la llovizna seguía cayendo. Limpiaba la sangre de las batallas pasadas y regaba la semilla de las futuras. Bolívar no lo miró a los ojos cuando se lo llevaron. Se quedó quieto, con la mano en la empuñadura de su espada, mirando el mar de plomo.
Y en esa madrugada, mientras Miranda era tragado por la noche del olvido y la prisión, la independencia americana se partió en dos: una herida que nunca terminaría de cicatrizar, el pecado original de la libertad, sellado con el nombre de un maestro entregado por su discípulo en el puerto húmedo y sombrío de La Guaira.
27 de julio de 2025
Rosa.
—¡Rosa!— gritaban los niños cuando pasaba, porque ella siempre llevaba en el delantal caramelos de dulce de leche y cuentos de espantos.
Pero también callaba. Callaba cuando el marido llegaba con el aliento espeso de aguardiente y los puños cerrados. Callaba cuando las vecinas murmuraban que "una mujer sola no es nadie". Sin embargo, en su silencio había tormentas y canciones.
Una mañana, mientras amasaba pan, una muchacha del pueblo, Lucía, llegó llorando porque su novio la había abandonado.
—¿Y ahora qué será de mí?— preguntó la joven, con la voz quebrada.
Rosa, sin dejar de trabajar, le respondió:
—Mira, hijita: la mujer es como el río. A veces lleva aguas tranquilas y otras crecidas bravas, pero siempre llega al mar. Nos conformamos con nada, pero lo aguantamos todo. Somos dulces como la miel y saladas como las lágrimas.
Y así era Rosa. Fuerte como el hierro cuando cargaba leña, suave como el viento cuando arrullaba a los enfermos. Orgullosa como una reina frente a los cobardes, humilde como la tierra cuando la vida la pisoteaba.
Una tarde, el pueblo se incendió. Las llamas bailaban como diablos sueltos, devorando casas y recuerdos. Todos corrían despavoridos, pero Rosa se quedó. Con sus manos, sacó a los niños de la escuela, arrastró a los viejos que no podían caminar y, cuando ya no quedaba nadie, se derrumbó en el camino, agotada.
—¿Por qué lo hizo, señora?— le preguntó el médico después, mientras le vendaba las quemaduras.
Ella solo sonrió, con esa sonrisa que guardaba secretos de siglos, y dijo:
—Porque soy mujer. Y la mujer es el amanecer que siempre vuelve, aunque la noche quiera apagarla.
Y el pueblo entendió entonces que Rosa no era solo una morena delgada y cansada. Era la luz de las madrugadas, la estrella fugaz que ilumina aunque sea un instante, el todo y la nada.
Porque la mujer, al fin y al cabo, es el universo entero contenido en una mirada.
24 de julio de 2025
El Niño Simón
Donde la brisa jugueteaba con las trinitarias, crecía un pequeño de mirada inquieta y cabellos rebeldes. Sus pies, ágiles como gacelas, recorrían los corredores de la casona blanca que fue su hogar, como presagiando un destino de gloria para quien aún no sabía pronunciar su propio nombre.
Huérfano de padre antes de aprender a montar a caballo y de madre cuando apenas sus manos podían sostener un libro, el pequeño Simón quedó al cuidado de su abuelo, don Feliciano Palacios, un hombre de bigotes canosos y voz grave como un susurro de amor. La Negra Hipólita amamantó al pequeño tras la enfermedad de su madre y asumió completamente ese rol, al criar y guiarlo desde los 9 años. —Este niño lleva el fuego en la sangre— murmuraban las comadres detrás de sus coloridos abanicos, mientras Simón trepaba a los árboles del jardín, desafiando la gravedad y eludiendo el miedo.
Y aunque él prefería vivir con su hermana María Antonia, la vida, caprichosa como un riachuelo en abril, lo llevó a la casa de su tío Carlos, un hombre recto como columna de mármol, con una disciplina rígida y férrea como el acero. Allí, entre lecciones de latín y geometría, el joven aprendió mucho, entre las páginas de los libros y las enseñanzas de grandes maestros. Uno de los más destacados en su vida fue Fray Francisco de Andújar, base fundamental en su educación primaria. Además, tuvo contacto con otras figuras como el maestro Simón Rodríguez, quien influyó significativamente en su pensamiento y en su desarrollo intelectual, fomentando en Simón, no solo el aprendizaje académico, sino también el pensamiento crítico. Cuando estudiaba, los héroes de Roma y Grecia le susurraban al oído promesas de gloria.
Sin embargo, el corazón del joven no se conformaba con lo escrito en la página de los libros. Una noche de luna llena, cuando los grillos cantaban en la oscuridad, Simón soñó que las paredes de la casona se cerraban como una jaula con él adentro. Con un brinco que llevaba el peso de siglos, saltó de la cama por la ventana y huyó. Corrió por calles empedradas, sintiendo el viento acariciarle el rostro como una mano libre y tierna a la vez, mientras las estrellas en el cielo caraqueño titilaban, cómplices silenciosas de su rebeldía.
Al día siguiente, lo encontraron durmiendo bajo un samán, con los zapatos llenos de tierra y el alma llena de sueños de libertad. Su tío, entre el enojo y la admiración, comprendió que no estaba criando a un niño, sino a un huracán.
Así, entre lágrimas que se secaban al sol y risas que escapaban como pájaros, Simón Bolívar creció: con el dolor de la orfandad tallado en el pecho, pero con el fuego del futuro ardiendo en sus ojos. Porque en aquel niño que jugaba a ser héroe ya latía, silencioso pero implacable, el rugido de la libertad.
Y, sin saberlo, América toda comenzaba a esperar a su futuro Libertador.
10 de julio de 2025
Nevado
Bolívar, seducido por la valentía del animal y por la extraña certeza de que ya lo conocía de otra vida, pidió a su dueño el privilegio de llevarlo consigo. El hacendado, con gesto generoso, no dudó en entregárselo; el perro, con su manto negro salpicado de manchas blancas como la escarcha de la Sierra Nevada, recibió al instante el nombre de Nevado.
Desde entonces, el fiel compañero se convirtió en la sombra del General. A su lado caminaba Tinjacá, un joven timotocuica que, con silbidos aprendidos bajo la tutela del Libertador, se convirtió en el cuidador inseparable de Nevado. Juntos desafiaron el frío de los Andes, las prisiones de Boves y la fatiga de mil caminos. Sin embargo, el destino tenía escrita una página sombría en los campos de Carabobo.
El 24 de junio de 1821, bajo el fragor de la batalla que sellaría nuestra independencia, una lanza enemiga alcanzó el corazón de Nevado. Tinjacá, en un desesperado intento por salvar a su amigo, cayó también herido de muerte. Antes de exhalar su último aliento, el joven miró a Bolívar con ojos llorosos y susurró: «Mi General, nos han matado al perro».
Más allá de los campos de batalla, Nevado dejó de ser solo un animal para convertirse en el custodio eterno de nuestra memoria colectiva. Su estirpe no se extinguió en Carabobo; sobrevive en el espíritu inquebrantable de quienes habitan estas tierras y en la lealtad absoluta que define, contra toda adversidad, la identidad venezolana. Nevado es hoy el latido constante que nos recuerda que la verdadera independencia no solo se gana con armas, sino con la entrega incondicional a una causa común, permaneciendo, al igual que aquel perro de los Andes, siempre al pie de la historia.6 de julio de 2025
La Carreta del Calvario
5 de julio de 2025
La Firma que nos Hizo Libres
Adentro, en la penumbra solemne del recinto, dónde la historia aguantaba la respiración, los diputados de las siete provincias —Cumaná, Barinas, Margarita, Barcelona, Mérida, Trujillo y Caracas— se miraban como en un duelo a muerte. Juan Germán Roscio, con la pluma lista para una estocada, aguardaba. A su lado, Francisco Isnardi repasaba mentalmente cada cláusula de un documento que aún olía a tinta fresca y a ambición. Pero en las bancas, las opiniones chocaban: unos hablaban de prudencia, de esperar, de no irritar al león dormido de España; otros, los más jóvenes de la Sociedad Patriótica, ardían de impaciencia. Afuera, en la calle, se sentía el eco de sus arengas, ese rumor sordo de un pueblo que ya no pedía, sino que exigía.
El padre Maya, diputado por La Grita, apretaba los labios con una oración silenciosa en medio del bullicio; su conciencia pesaba más que la sotana. Los demás, en cambio, se fueron encendiendo como antorchas. La palabra "libertad" iba de boca en boca: se pegaba a las paredes, se colaba por las rendijas y salía a la calle, donde la multitud la atrapó y la hizo suya. El muchacho rebelde, desde su puesto, la oyó crecer y la sintió vibrar en su corazón, en el empedrado, bajo sus alpargatas.
Cuando al fin la declaración fue aprobada, el presidente del Congreso, con una voz que parecía brotar de las entrañas mismas de la historia, invocó el nombre de Dios Todopoderoso para sellar el acto. Un silencio súbito y enorme cayó sobre la ciudad. Fue solo un instante; un instante en que todos contuvieron el aliento. Luego, como un trueno que rompe las nubes después de mucha espera, el grito estalló. No fue uno, fueron miles. Hombres, mujeres, niños, negros, indios y pardos, todos con la misma voz desgarrada: —¡Viva la patria!
Las campanas de todas las iglesias echaron al vuelo sus repiques. Los cañones del cuartel saludaron con su ronca voz. Y el pueblo —ese pueblo que había esperado en las puertas del Congreso, que había mascullado su rabia durante trescientos años— se desbordó por las calles como un río crecido. Hubo abrazos, lágrimas y sombreros lanzados al aire. La gente se asomaba a los balcones con banderas improvisadas: sábanas blancas atadas con cintas amarillas y rojas. Las mulatas, desde las ventanas, arrojaban flores y versos espontáneos de coplas que nacían en ese momento.
Esa noche, Caracas no durmió. No hubo rincón donde no se brindara con ron de caña o con mistela. Se bailó tambor en La Candelaria y minué en las salas de los mantuanos. Pero en una casita de adobe al pie del Ávila, una abuela sentó a su lado a aquel muchacho, el mismo que había corrido todo el día tras las noticias. La mujer, que aún recordaba el rigor de los amos y el filo del látigo, lo miró a los ojos con una mezcla de asombro y antigua cautela.
—¿Y ahora, mi niño? —preguntó con voz pausada—. ¿Ya somos libres?
El muchacho, con el pecho inflado por lo que había visto y oído, quiso responder que sí, que lo habían dicho los señores del Congreso, que lo decían las campanas. Pero la palabra se le atoró en la garganta. Bajó la mirada, sin respuesta. La abuela suspiró, lo apretó contra su pecho y, por lo bajo, mientras las campanas seguían doblando, musitó una oración aprendida de sus mayores, mucho antes de que nadie hablara de repúblicas e independencias. Afuera, la noche de julio era una promesa inmensa y, al mismo tiempo, un camino sembrado de espinas. La patria acababa de nacer, pero, como todo recién nacido, lloraba en la oscuridad sin saber aún si lograría mantenerse en pie.
24 de junio de 2025
La Sabana de Carabobo: Un Amanecer de Gloria
El Mariscal de Campo Miguel de La Torre, con la soberbia de quien se cree invencible, atrincherado en su bastión de hierro y convicción firme, sentía el pulso de sus batallones realistas latir con una confianza ciega, esperando el embate.
Pero El Libertador, Simón Bolívar, alma y nervio de la gesta, no era hombre de estrategias predecibles. Sus ojos, de águila en el alba, desnudaron la falsa fortaleza enemiga. Su genio, un torrente indomable, desbordaba los límites de lo esperado. —¡Por la izquierda!— Un grito de trueno que no solo se escuchó, sino que se sintió en el alma de los patriotas, quienes cambiaron su curso con ferocidad inaudita. Páez, un centauro, desató la furia llanera encarnada en él; junto con Cedeño, un roble milenario, inamovible y letal; ambos se lanzaron como flechas ardientes al flanco descubierto del adversario. Mientras, Plaza, con la resolución de una avalancha, avanzaba inexorable hacia el corazón de la contienda.
La Torre, observando con horror cómo su inexpugnable muro se resquebrajaba, lanzó a sus valientes —el Príncipe, el Barbastro, el Infante— en un último y desesperado intento. Por un instante, la línea se sostuvo, un aliento efímero antes del colapso. La caballería patriota, cual marea indetenible, irrumpía desde el norte de la sabana, arrastrando consigo la esperanza. El regimiento Húsares de Fernando VII, con sus carabinas escupiendo fuego, solo pudo ofrecer una retirada deshonrosa. Finalmente, los Lanceros del Rey, con el miedo tatuado en el pecho, desobedecieron la orden de resistir, abandonando a su comandante a su fatídico destino, huyendo del campo y disolviéndose en el polvo de la derrota.
Entre la vanguardia gloriosa de la caballería patriota, una figura se erigía, sangrando, inmortal: Pedro Camejo, el "Negro Primero". Herido de muerte, con la vida desangrándose, cabalgó de regreso hacia el General José Antonio Páez y, con voz que era ya un eco del viento, pronunció su epitafio eterno: "Mi general, vengo a decirle adiós porque estoy muerto." Su sacrificio, y el de tantos otros héroes anónimos y gloriosos, fue el cimiento de la libertad, la sangre que regó ese día la sabana.
La batalla de Carabobo culminó, no con un simple grito, sino con un bramido de victoria que resonó en cada rincón del alma venezolana. Los patriotas, encendidos por la llama de la libertad, persiguieron al ejército español hasta el cuartel realista, sin tregua ni descanso. Carabobo, antes testigo de batallas y sacrificios, ahora exhibía el latir de una nación libre. El ejército realista, maltrecho, descompuesto, buscó refugio en Puerto Cabello, dejando atrás no solo la resistencia, sino el último vestigio de un imperio que ya se veía desvanecer ante el amanecer imparable de la independencia.
15 de junio de 2025
La Voz de Bolívar
Aquel 15 de junio de 1813, durante la Campaña Admirable, el sol se mecía indeciso sobre el cielo trujillano. Un aire denso, con olor a pólvora vieja y desazón, cubría la pequeña villa andina. Los campesinos, curtidos como cuero de ganado, con sus alpargatas de cáñamo gastado, dejaron la faena en los conucos para apilonarse en la plaza, corazón de piedra silencioso del poblado. Las mujeres, con sus faldas floreadas y pañoletas oscuras, se santiguaban con murmullos de rezos antiguos. Había en cada rostro surcos de labranza y desvelo, como la historia de la patria misma: tierra sufrida esperando la semilla de la libertad.
13 de junio de 2025
Un Canto al Amanecer de Cipriano.
Cipriano no solo fue un docente que sembró semillas de conocimiento en las mentes ávidas de los niños de Río de Piedras, sino que también fue un cultor popular, creando trabajos y arreglos que hacía para los amaneceres y velorios de cruz como un canto a la vida, a la tierra y al amor. Su famosa composición, "Canto al Amanecer Tuyero", es un poema tejido con hilos de nostalgia y esperanza, donde las metáforas danzan al compás del cuatro, arpa y maracas. Cada verso es un suspiro y cada estrofa, un abrazo a la tierra que lo vio nacer.
Pero no solo la música y la literatura definieron el andar de Cipriano. En Río de Piedras, ese pueblo donde el tiempo parece detenerse y las piedras del río murmuran historias antiguas, conoció a una mujer cuyo nombre era como una melodía en sus labios: Cristina. Ella, de mirada dulce y serena y un corazón firme, era como una ceiba sólida ante los vientos, con ideas tan profundas como las raíces de los árboles que custodiaban el pueblo. Su amor no fue efímero como la brisa que acaricia los campos al atardecer, sino eterno y puro, como el agua que brota de los manantiales.
Cristina moldeó el carácter de Cipriano con la delicadeza de un alfarero que trabaja el barro. Le enseñó que el amor no es solo un sentimiento, sino un compromiso, una promesa que se renueva cada día con miradas y silencios. Bajo su influencia, Cipriano se convirtió en un hombre de palabra firme y corazón noble, cuya poesía no solo celebraba la belleza del amanecer, sino también la fortaleza de un amor que resistía el paso del tiempo
Las tardes en Río de Piedras eran un lienzo pintado con los colores de los atardeceres. Cipriano y Cristina paseaban por la orilla del río, donde las piedras pulidas por el agua brillaban como diamantes bajo la luz del sol. Él le declamaba hermosos poemas al oído, y ella sonreía, mientras el viento llevaba sus versos hacia los cerros, como si quisiera compartir su felicidad con todo el caserío. El río, testigo mudo de sus encuentros, murmuraba su aprobación con un suave rumor que se mezclaba con el trinar de gonzalitos y arrendajos.
El tiempo pasó, pero el amor de Cipriano y Cristina no envejeció. Como las montañas que custodian el valle, su cariño permaneció firme e inquebrantable. Y aunque Cipriano dejó este mundo, su canto sigue vivo en el amanecer tuyero, en el susurro cantarino del río y en el corazón de aquellos que aún recuerdan al hombre que ofrendó a la vida, un hermoso amanecer.
Así, en el Valle del Tuy, donde el sol sigue asomándose tímido entre las montañas, y con el canto del gallo llegan los claros del día, el legado de Cipriano Alberto Moreno perdura como un canto eterno al amor, a la tierra y al amanecer tuyero.
El Centauro de los Llanos
Su temple no se forjó en cunas de seda, sino bajo el rigor inclemente de Manuelote, el implacable mayordomo del hato La Calzada. Allí, entre el olor a bosta y el rugir del ganado, el joven Páez aprendió que la vida se domina a pulso. Se curtió la piel y el alma, convirtiéndose en el «Taita» de una horda de centauros que veían en él no a un jefe, sino a un padre de hierro y coraje.
El río Apure, testigo mudo de mil batallas, aún parece arrastrar el eco de aquel grito legendario: «¡Vuelvan caras!». Eran apenas ciento cincuenta lanceros, hombres «pata en el suelo», con la piel quemada por el salitre del sudor y el polvo del camino. Frente a ellos, el mariscal Pablo Morillo desplegaba la soberbia de seis mil bayonetas realistas, uniformes de gala y tácticas de academia militar.
Pero la estrategia del León de Payara era de puro ingenio. En aquel campo ardiente donde el aire batía con furia, Páez fingió la retirada para luego, con un giro del destino, lanzarse como un rayo ante el asombro español. Solo dos bajas lloró el llano aquella tarde, mientras Morillo, humillado por la astucia del catire, escribía más tarde al rey Fernando VII:
> «Dadme un José Antonio Páez, majestad, y mil lanceros del Apure, y pondré a Europa a vuestros pies».
Había en el general una sombra misteriosa: la epilepsia. En ocasiones, el «Libertador del Apure» solía caer presa de ataques que atemorizaban a su tropa. Sin embargo, como si se tratara de un rito sagrado, Páez emergía de aquellas convulsiones con una fuerza sobrehumana, como si los dioses del llano le insuflaran un vigor invencible.
Aquella furia solo conoció la tristeza el 24 de junio en la sabana de Carabobo, cuando vio caer al más fiel de sus guerreros, Pedro Camejo. El «Negro Primero» se despedía de la vida mientras el Taita consolidaba la libertad de una República que gobernaría, con mano firme y constitucional, en tres ocasiones.
La vida de Páez fue un puente tendido entre la barbarie y el refinamiento. Aquel joven que en Guama apenas dibujaba garabatos bajo la mirada de su maestra, se transformó, por voluntad y constancia, en un hombre de luces. En Valencia, bajo el ala amorosa de Barbarita Nieves, una mujer culta que introdujo la sofisticación en la vida del caudillo, Páez suavizó sus modales de guerrero, y decidió cambiar la lanza por el violonchelo y los libros.
El catire Páez no solo rugía en el campo de batalla; también cantaba ópera y organizaba fandangos donde el joropo se zapateaba con la misma pasión con la que se cargaba contra el enemigo. Incluso en el amargo destierro de Buenos Aires su pluma no descansó: compuso canciones para los niños, dejando partituras de ternura donde antes había rastros de sangre.
Así fue Páez: el hombre que nació entre leyendas de sabana, se hizo gigante entre las lanzas y terminó sus días como un caballero de mundo, demostrando que el verdadero valor no reside solo en vencer al enemigo, sino en la capacidad de cultivar el espíritu tras haber conquistado la libertad.
20 de mayo de 2025
Mauricio, el Encanto.
Hace más de siglo y medio, cuando el tiempo aún caminaba despacio y las noches eran un oscuro terciopelo, nació Mauricio. Su llegada al mundo no fue como la de cualquier niño. Aquella noche, llovió con tanta fuerza que los ríos crecieron, las quebradas rugieron como bestias y los árboles se inclinaron en reverencia. Los animales, en un coro silencioso, rodearon la humilde vivienda donde yacía su madre, una mujer de sangre quiriquire, mientras el viento susurraba melodías ancestrales. Era como si la naturaleza entera hubiera decidido dar la bienvenida a aquel niño, hijo de un realista perdido y confundido en sus ideales y de una mujer que llevaba en sus venas la savia de la tierra.
Mauricio creció entre el murmullo de los montes y el arrullo de las aguas. Era un niño distinto, con ojos que parecían espejos. Mientras otros jugaban, él se perdía en los parajes vegetales de la montaña, donde los jaguares lo miraban sin atreverse a tocarlo y las mapanares y cascabeles se deslizaban a su lado como si fueran sus guardianes. Su madre, con el corazón apretado de preocupación, le rogaba que no se alejara tanto. Pero Mauricio solo sonreía y le contaba cómo la señora del Pozo del Guásimo lo guiaba por galerías secretas que conectaban las montañas. —“Soy el puente entre el hombre y la naturaleza”, le decía, pero sus palabras eran como semillas que caían en tierra árida, pues nadie las comprendía.
Un día, el destino lo llevó al pueblo de Ocumare. Bajó con un encargo de la señora del Pozo del Guásimo, pero su presencia despertó sospechas. Los policías, con miradas recelosas y manos ásperas, lo detuvieron. “¿Quién eres?”, le preguntaron, pero Mauricio no llevaba identificación. Lo amarraron como a un criminal y lo llevaron ante el jefe de la policía, un hombre de bigote grueso y risa burlona. “Podría ser un guerrillero”, murmuraron entre dientes. Mauricio, con la serenidad de quien conoce los secretos del viento, les advirtió: “Si no me sueltan, habrá un diluvio”.
El jefe de policía soltó una carcajada que resonó como un trueno falso. "¡Un diluvio en pleno verano y en Ocumare!”, dijo entre risas. Pero esa misma noche, mientras el pueblo dormía bajo un cielo estrellado, las nubes se agolparon de repente, como un ejército silencioso. A la medianoche, comenzó a llover. No era una lluvia cualquiera, sino un torrente que parecía salido de las entrañas mismas de la tierra. Los ríos Súcuta y Marare se desbordaron, y el mismo Tuy se desbordó también. Las calles se convirtieron en corrientes de agua y lodo, y la jefatura de policía se anegó completamente. La gente, asustada, corrió a refugiarse en las colinas. Solo entonces comprendieron que aquel joven no era un hombre común.
El cura del pueblo, con su sotana empapada, fue a pedir la liberación de Mauricio. Al llegar, encontraron al jefe de policía, pálido y tembloroso, quien ya lo había soltado. En cuanto Mauricio pisó la calle, la lluvia cesó. El cielo azul se abrió como un telón, y un sol radiante iluminó Ocumare. Mauricio no dijo una palabra. Simplemente se internó de nuevo en los montes, donde las sombras lo recibieron como a un viejo amigo.
Desde entonces, se convirtió en el Guardián de la Cueva del Peñón, un protector de la naturaleza que castiga a quienes la dañan. Los tuyeros cuentan que aún lo ven, con su sombrero de alas anchas, su liquiliqui impecable y sus alpargatas gastadas. Se pasea por el terminal de Ocumare, comprando tabaco y aguardiente, pero nadie se atreve a aceptar nada de él. Dicen que, si lo haces, podrías ser el próximo en tomar su lugar, convirtiéndote en el nuevo guardián de aquella montaña majestuosa que vigila los Valles del Tuy.
La leyenda de Mauricio sigue viva, como un susurro que viaja de generación en generación, recordándoles a los tuyeros que la naturaleza tiene un alma, y que hay quienes la protegen desde las sombras, donde el tiempo no llega y la magia nunca muere.
¡Me Quitaron mi pea!
El sol ya declinaba sobre el pueblo, tiñendo el cielo de tonos naranjas y violetas, cuando la puerta de la Sala de Emergencias se abrió repentinamente. Un grupo de jóvenes estudiantes de pregrado escoltaba a José, cuyo cuerpo se tambaleaba entre ellos como un junco azotado por el viento. El hedor dulzón y agrio del alcohol, flotaba en el aire, mareando incluso a los jóvenes, casi médicos, que lo recibieron con un profesionalismo obligado.
Cuando llegué, imbuido de la autoridad que otorga el conocimiento adquirido de años de servicio, mi verbo se desató en términos clínicos, explicando con vehemencia protagónica los intrincados caminos del etanol en el organismo, la danza siniestra de los radicales libres, la cascada de desequilibrios que asolaban el cuerpo de José.
—Ya verán —sentencié a los bachilleres, con la certeza de quien cree dominar las leyes de la biología— cómo doblegaremos la embriaguez, cómo expulsaremos al intruso tóxico.
Mi voz resonaba en la sala, cortante y segura, mientras dictaba a la enfermera las indicaciones precisas, los antídotos químicos para borrar, al menos momentáneamente, el sufrimiento visible.
Horas después, la quietud reinaba en la sala. Antes de convocar a los internos para la revista médica y continuar con mi labor pedagógica, me acerqué a la camilla donde José permanecía. Estaba sentado, la espalda encorvada, la mirada fija en las baldosas grises, parecía ausente.
—¿Cómo te sientes, José? —pregunté, con un tono que buscaba ser amable, quizás con un apice de la curiosidad clínica que me caracterizaba.
Su cabeza se levantó lentamente, los ojos enrojecidos e inyectados en una tristeza profunda me escrutaron con una mezcla de incredulidad y amargura.
—¿Y cómo me voy a sentir, Doctor?… ¡Me quitaron mi pea! —exclamó, con una voz ronca, cargada de un reproche sordo.
Un silencio denso se instaló entre nosotros, solo interrumpido por el leve goteo de un suero en la sala contigua. Luego, José continuó, con su mirada perdida de nuevo en el suelo:
—Mire, Doctor, yo trabajo duro, de lunes a viernes, apretando tuercas en el taller. Mis manos… —levantó sus manos callosas, mostrando las cicatrices de su esfuerzo diario, — mis manos no conocen el descanso. Mi mamá está enferma, postrada en cama, y yo soy el único que la mantiene, el único clavo al que se agarra.
Su voz se quebró ligeramente antes de retomar el hilo de su dolorosa letanía.
—Mi mujer se fue… se fue porque a mi muchachito, lo mató un malandro. Ella… ella me echó la culpa, como si yo hubiera podido evitar esa desgracia. La rabia me consumía, Doctor, y le caí a «coñazos» a otro malandro, un animal igual al que me arrebató a mi hijo. Por eso me llevaron preso. Cuando salí… cuando salí, ya me habían robado todo en el rancho. Se habían llevado hasta los recuerdos.
El silencio volvió a caer, esta vez más pesado, cargado de la injusticia cruda de su relato. Yo, que había llegado con mis esquemas y mis protocolos, sentía cómo la frialdad de la ciencia se derretía ante la magnitud del sufrimiento humano. Pensé en lo fácil que era, en ocasiones, reducir un ser humano a un conjunto de síntomas, diagnosticar una enfermedad sin ver la trama compleja de su existencia. En realidad, el diagnóstico urgente no era el suyo, sino el de una sociedad enferma, de instituciones que fallaban, de una conciencia colectiva adormecida ante el dolor ajeno.
José suspiró profundamente y prosiguió... Su voz, era ahora un murmullo sombrío:
—A veces, cuando camino por la calle, veo una mujer bonita y me da una rabia… una rabia que me quema por dentro, porque sé que yo no puedo ofrecerle nada. Veo un policía con su uniforme y su pistola, y la rabia es peor, porque ellos no ven el sufrimiento de uno, solo ven al borracho. Veo un niño jugando y la rabia me aprieta el pecho, porque mi niño… mi niño ya no juega. Y si un perro se me cruza, Doctor… le juro que a veces no me aguanto y le suelto una patada.
Bajó aún más la voz, casi un susurro, y su mirada se detuvo en sus propias manos, como si ellas fueran las culpables de sus oscuros pensamientos.
—A veces… a veces me dan ganas de matar… ¡Sí, de matar!… —la confesión cruda flotó en el aire, cargada de desesperación.
¿Qué podía decirle yo, con mis tratados de fisiología y mis recetas médicas? Mis palabras parecían huecas, insuficientes ante la magnitud de su quebranto. La ciencia, tan precisa para descifrar los misterios del cuerpo, se mostraba impotente ante las heridas del alma.
En un impulso torpe, casi avergonzado, rebusqué en mi bolsillo y saqué un billete arrugado. Se lo ofrecí con la mirada baja, sintiendo la incongruencia de mi gesto.
—Coño, viejo… perdóname… —murmuré, la disculpa brotó sincera con una comprensión tardía. —Anda… vete… y trata de agarrar tu pea otra vez.
El billete quedó en su mano como una limosna insignificante ante el océano de su dolor. José me miró con una mezcla de sorpresa y resignación, quizás entendiendo que en ese momento, mi humanidad, aunque tardía y torpe, era lo único que podía ofrecerle. (Adaptado de "Crónicas Oscuras de un Hospital Venezolano" de los Dres. Pedro Lizardo y Arnaldo Sánchez).
Graciela, la Tamborera.
El nombre de Graciela se dibuja con líneas indelebles en la memoria colectiva de Ocumare del Tuy, como el perfil de las montañas que abrazan el valle.
Graciela no es una estatua en una plaza, sino la plaza misma, el bullicio constante de la vida cultural que palpita en cada rincón del pueblo. Su casa, de paredes coloridas y un patio donde siempre florecían las cayenas, rojas como lenguas de fuego, era un santuario de tradiciones. Allí, entre el aroma a dulce de lechosa y el repique constante de algún instrumento musical, junto a los amigos de la esquina, se enhebraban los hilos de la identidad tuyera.
Cuando llegaba el mes de mayo, con su promesa de lluvias y la explosión de colores en los campos, la casa de Graciela se convertía en el epicentro de los Velorios de Cruz. Las voces graves de los hombres entonaban décimas ancestrales, mientras las mujeres, con sus faldas floreadas y el brillo de la fe en los ojos, respondían con cantos melodiosos que parecían ascender como volutas de incienso hacia el cielo estrellado de las noches ocumareñas. Graciela, con su voz curtida por años de cantar a la vida y a la muerte, guiaba el ritual con la solemnidad de una sacerdotisa y la calidez de una madre. Sus manos, fuertes y sabias, marcaban el ritmo sobre la mesa adornada con flores junto a la cruz engalanada, como si tocaran las fibras mismas del alma tuyera.
Pero la presencia de Graciela no se limitaba a la devoción silenciosa. Cuando la parranda tuyera irrumpía en las calles, con la alegría del cuatro, el repique juguetón de las maracas y el galopar rítmico de la bandola, allí estaba Graciela, "la tamborera", como la conocían con cariño y respeto. Su cuerpo, aunque ya maduro, se movía con la gracia de los bambúes al viento, cada 24 de junio en las celebraciones a San Juan Bautista, donde los cantos de mina tenían un rol protagónico, contagiando a jóvenes y viejos con la alegría desbordante de la música, sus manos, las mismas que adornaban la Cruz de Mayo, también podían golpear el tambor con fuerza y ritmo, extrayendo sonidos ancestrales que hablaban de cosechas abundantes, de amores furtivos y de la profunda conexión del hombre con su tierra.
Las fiestas patronales eran su escenario favorito; allí la labor de Graciela florecía como la flor de caña dulce en tiempo de zafra. Ella era el alma de la fiesta, la que conseguía las flores para adornar la iglesia, la que coordinaba a los músicos, la que se aseguraba de que no faltara el sancocho humeante para alimentar a los peregrinos. Su liderazgo no se imponía con gritos, sino que emanaba de su profundo conocimiento de las costumbres y de su amor incondicional por su pueblo.
Más allá de las celebraciones, Graciela era una maestra en el sentido más amplio de la palabra. En su patio, bajo la sombra generosa de un tamarindo, reunía a las madres y jóvenes del vecindario y les enseñaba los secretos de la cultura local. Pero su mayor legado residía en la transmisión oral de aquellos relatos que daban forma a la identidad de Ocumare. Con una voz llena de matices, les contaba las leyendas de los indios quiriquires, la historia de Mauricio y las anécdotas de los viejos del pueblo, preservando así un tesoro intangible que no cabía en ningún libro.
Su nombre no resonaba en los libros escolares, ni su rostro aparecía en las revistas y periódicos de gran circulación. Sin embargo, en cada nota de una parranda, en cada verso de un velorio, en cada sabor de un zarao, en cada relato transmitido al oído de un joven, su presencia era palpable, como la brisa fresca que recorría el valle al atardecer.
Graciela, es considerada un símbolo de la resistencia cultural afrotuyera, representando a esas figuras silenciosas, a esos pilares anónimos que sostienen la rica armazón cultural de nuestros pueblos. Es la encarnación de la tradición cultural en su máxima expresión, la guardiana de un legado que se transmite de corazón a corazón, de generación en generación. Su vida, tejida con los hilos de la tradición y el amor por su tierra, representa un canto constante a la identidad de Ocumare del Tuy, demostrando que la verdadera historia de un pueblo se escribe no solo en los libros, sino también en la memoria viva de su gente, en el eco persistente de un tambor que sigue latiendo con fuerza en el corazón de los Valles del Tuy.
10 de mayo de 2025
Cazador de Destellos
19 de abril de 2025
Un Eco de Libertad
Pero esa mañana, bajo la aparente calma de la Semana Mayor, algo distinto hervía en las tertulias de los criollos. En la casa de José Ángel de Álamo, los jóvenes conspiradores ajustaban los cabos de una trama que llevaba años madurando, como el ron en las barricas de las bodegas. José Félix Ribas, con fuego en la mirada, repartía instrucciones mientras los Montilla recorrían las calles despertando voluntades.
Cuando el capitán general Vicente Emparan salió del Ayuntamiento para dirigirse a la misa, su casaca de terciopelo azul con bordados de oro resplandecía bajo el sol. Caminaba con la altivez de quien ha gobernado seis años con mano firme, seguido por los oidores de la Real Audiencia con sus togas negras y sus varas de mando. Detrás, la guardia de honor, con mosquetes relucientes, marcaba el paso.
Al llegar a la puerta de la Catedral, cuando ya el incienso comenzaba a filtrarse por las rendijas de la entrada, una mano firme se posó sobre su antebrazo.
—¡Os llama el pueblo a cabildo, señor!
Era Francisco Salias, con el rostro encendido como brasa, deteniendo al representante del rey. Emparan miró al comandante de la guardia, esperando una intervención que nunca llegó. El capitán Luis de Ponte mantuvo a sus soldados inmóviles, como estatuas de mármol. El poder, pensó Emparan, se le escurría entre los dedos como el maíz de un costal roto.
Regresó al Ayuntamiento entre el rumor creciente de la gente que llenaba la plaza. Adentro, los regidores lo esperaban con papeles y argumentos. Hablaron de la disolución de la Junta de Sevilla, del cautiverio de Fernando VII y de la usurpación francesa. Emparan respondió con la lógica del funcionario leal: España tenía Regencia y las cosas debían seguir como estaban. Convenció a algunos. Al final, parecía que todo volvería a su cauce normal.
Pero cuando se asomó al balcón para calmar a la multitud, el canónigo José Cortés de Madariaga ya le había ganado la espalda. Con su sotana negra y un verbo encendido, arengó al pueblo:
—¿Queréis seguir dependiendo de España?
El silencio se hizo tan denso que podía oírse el vuelo de una mosca. Emparan, en un arrebato de soberbia que sería su tumba política, tomó la palabra y cometió el error fatal: quiso consultar al pueblo. Se volvió hacia la muchedumbre sudorosa que llenaba la Plaza Mayor y preguntó si lo querían como gobernante.
Su destino pendía de un hilo. Fue entonces cuando, con señas, Madariaga —detrás de Emparan— animó al pueblo. La gente, como un clarín de guerra y como una sola garganta de mil cabezas, repitió el grito que retumbó en las fachadas coloniales: «¡No lo queremos! ¡No lo queremos!». El clamor trepó por los balcones de madera tallada, se coló por las persianas donde las damas observaban tras los abanicos y llegó hasta el Ávila, que guardó el eco para siempre entre sus montañas.
Emparan palideció. Su renuncia fue firmada esa misma tarde en un acta que aún guarda la capilla de Santa Rosa en sus archivos. Al día siguiente, el alto mando español partió preso hacia Puerto Rico, mientras en Caracas se instalaba la Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII.
Los meses siguientes vieron florecer medidas que olían a libertad recién estrenada: se prohibió el comercio de esclavos, se eliminó el tributo indígena y se abrieron los puertos a las naciones amigas. Y una mañana de junio, tres caraqueños —Simón Bolívar, Luis López Méndez y Andrés Bello— partieron hacia Londres con la mirada puesta en un horizonte que ya no era español.
Todo había comenzado con un gesto en un balcón, un arrebato de orgullo y un «no lo queremos» que fue la semilla de la República.
24 de marzo de 2025
José Roque Pinto, Profeta en su Tierra
De niño, José Roque no conoció otra escuela que la del trabajo. Autodidacta, aprendió a medir la cosecha, a distinguir el grano bueno del cizañoso y, sobre todo, a mirar lejos, como si cada colina fuera una frontera por conquistar. Los viejos decían que tenía el temple de los que no se doblegan ni ante la lluvia ni ante el miedo. Cuando los rumores de guerra llegaron de Caracas como reguero de pólvora, Pinto dejó el arado y tomó el fusil. “Por la república y por esta tierra que me dio nombre”, juró frente al altar de San Pedro, mientras su madre, con el miedo apretado en el pecho, susurraba una oración contenida.
En los años turbulentos de las luchas de independencia, los caminos de San Pedro parecían ríos de soldados. Las haciendas, antes silenciosas, se convertían ahora en refugios y hospitales improvisados. Pinto, ya capitán por méritos ganados en la contienda, se movía entre las montañas con la certeza de quien conoce cada recodo, cada quebrada que escondía a un guerrillero o una esperanza. Su liderazgo no provenía del rango, sino del ejemplo: cargaba el fusil, compartía el rancho, escuchaba al campesino. Era un hombre que mandaba sin gritar.
Cuando el estruendo de los cañones se apagó y la patria nueva asomó entre ruinas y heridas, José Roque volvió a los Altos con la misma calma de quien sabe que la lucha no termina con la victoria. Fundó una escuela junto a la iglesia, donde antes estaba el campamento. “El que no aprende, vuelve a ser esclavo”, repetía a los niños que lo escuchaban hablar de Bolívar y de justicia. Bajo los cipreses de la plaza, entre el aroma del café, fue tejiendo una nueva independencia: la de la enseñanza.
—El suelo se defiende sembrando,mis hijos, sembrando libertad.

.png)

.png)







